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Winston y Julia, entre la lealtad y el sistema parte 3 - Versión para impresión

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Winston y Julia, entre la lealtad y el sistema parte 3 - Anciano Señalado - 03 Aug, 2026

La conversación con los ancianos quiso comenzar con las formalidades propias sobre supuesta preocupación por el bienestar personal. Pero no di tiempo para eso. Con toda calma entregué a los ancianos mi documento físico de renuncia como anciano, junto con las llaves del salón del Reino. Mientras apenas estaban intentando verlo, saqué de mi maletín otro documento en un sobre sellado, indicándoles que era un documento jurídico que tenían que entregarle a la sucursal.

Procedí a decirles que eso era todo el propósito de mi reunión y que procedería a retirarme. Con toda soberbia uno de los ancianos me contestó que no me podía ir porque ellos tenían que decirme otras cosas; por un momento dudó y me dijo que estaba bien. Cuando casi me retiraba el otro anciano me dijo que solo querían hablar como amigos, y que no me fuera.

Ninguno sospechó que desde el primer instante de la reunión una grabadora estaba registrándolo todo. Las preguntas comenzaron: ¿Por qué no quieres hablar de asuntos espirituales? ¿estás ocultando algún pecado? ¿Sabes que tendremos que hablar con tu esposa sobre ti? ¿Te das cuenta que no puedes de la noche a la mañana entregar este documento?

Fueron 20 minutos de intentos de conversación, donde usaron todas sus herramientas de manipulación: presión social, invocar el miedo a Jehová, la lealtad a la organización, apelar a mi historial como buen anciano, recalcar que solo querían ayudarme como amigos. Y cuando nada de esto funcionó, se invocaron las amenazas espirituales “de Jehová nadie se va a burlar”.

Pero mi postura no cambió: les dije que me había negado a hablar asuntos espirituales y que la sucursal debía tomar el control total de la situación. Nunca dejé siquiera que me leyeran un texto bíblico, todo intento de ellos yo lo redirigía hacia mi documento legal.

Cuando al final se rindieron en sus intentos, uno de ellos me dijo ¿Hay algo que sí puedas contestar? A lo que dije que simplemente no hablaría de temas espirituales. El otro anciano, un poco más experimentado, presintiendo que su actuación podría generar problemas más adelante, me preguntó ¿estás grabando? A lo cual yo respondí evasivamente sin negar ni confirmar.

Posteriormente le pregunté a los ancianos si me iban a firmar de recibido el documento, ellos me contestaron que no estaban autorizados a firmar algo. Entonces revelé mi carta inicial: esos documentos ya estaban en la bandeja de entrada de correos del departamento de asuntos legales de la organización.

Así es, todo había sido una farsa innecesaria. Ni siquiera necesitaba a los ancianos para hacerle llegar a la sucursal mi postura; en ese entonces ellos cayeron en la cuenta de que no habían actuado adecuadamente, y sospechando la gran posibilidad de que todo había sido grabado procedieron a insistir en que ellos solo trataban asuntos espirituales, como una forma de deslindarse de cualquier responsabilidad legal.

Ahora, al haber renunciado como anciano, les había arrebatado la posibilidad de destituirme, y también la posibilidad de que me exigieran atenerme a un procedimiento interno de evaluación. Al entregar un documento jurídico y al entender que muy posiblemente habían sido grabados, la sucursal les dijo que no se me hiciera ningún comité. Incluso el comité de Julia, al día siguiente, se desarrolló de forma muy diferente a como ellos hubieran esperado; ante el riesgo legal, y el miedo a que este comité también fuera grabado, sus preguntas fueron muy generales y superficiales.

Julia terminó siendo solamente censurada, algo que ella aceptó plenamente. Días antes yo le había preparado una carta para ayudarle a evitar legalmente el comité, ella me la había pedido, pero nunca la entregó, prefirió afrontar el proceso; y fue anunciada públicamente en la congregación.

Los días pasaron, las semanas. Yo apenas comenzaba a vivir las consecuencias de mis decisiones, en mi matrimonio y mi vida. Pero de algo estaba seguro: nunca le habría entregado a simples hombres la posibilidad de juzgar mi vida.

En ese entorno, fue que Julia me buscó, me dijo que me extrañaba, y que esperaba que después de todo lo sucedido, ella y yo fuéramos una pareja y viviéramos juntos… Eso nunca pasó con mi mente. Lamentaba el daño que le hice a mi esposa, y lamentaba el daño que le había hecho a Julia; pero ya no podía seguir con ninguna de las dos. A su manera, las dos seguían siendo leales al sistema.

Mientras Julia se sometió a todo el proceso de reeducación del sistema de disciplina de los testigos de Jehová, yo nunca le di a los ancianos ninguna información que pudieran usar contra ella. Mis sospechas de hace meses se confirmaron: Julia nunca había dejado de temer a la organización; así que el que ahora estuviera dispuesta a ser expulsada si oficialmente terminábamos juntos se me hizo absurdo.

Hoy vivo solo, tratando de rehacer mi vida, lamentando las consecuencias familiares de mis decisiones. Pero a diferencia de Winston, el ministerio de la verdad no me quebró. Intento día a día ser mejor ser humano fuera de un sistema en el que ya no podía fingir, entendiendo que muchas de mis decisiones fueron el reflejo de un conflicto interno que sigo intentado reparar.

Fin.