Ayer, 02:54 PM
Acabo de ver en Prime Video, Silencio (Silence, 2016), una película de Martin Scorsese sobre la persecusión de los misioneros cristianos en el Japón del siglo XVII. El tema central no es solo la persecución religiosa sino, lo que le da el título a la película: el silencio de Dios ante el sufrimiento humano, en especial de aquellos que afirman una devoción a él. Por cierto, lo que sigue no está exento de spoilers.
Dos jesuitas viajan clandestinamente a Japón para buscar a su mentor, el padre Ferreira, de quien se rumorea que ha renegado de su fe tras ser torturado. Descubren que la historia es cierta, pero también son testigos de las brutales torturas y ejecuciones a los que son sometidos los que se declaran cristianos y se niega a apostatar.
Al final, uno de los jesuítas muere intentando salvar a otros cristianos y el otro es capturado. Es llevado frente a una imagen de Cristo y se le pide que la pise para demostrar que reniega de su fe; de lo contrario, muchos campesinos serán torturados. En ese momento decisivo, el jesuita escucha la voz de Cristo rompiendo el silencio y diciéndole que pise la imagen, que para eso él ha ido al mundo. El jesuita pisa la imagen y, oficialmente, apostata.
La escena cambia, se nos muestra que el jesuita ahora ha adoptado una nueva identidad japonesa, trabaja para el gobierno. Sin embargo, en su interior la fe sigue viva, continúa siendo creyente en secreto, privadamente. En la escena final, muere y es cremado según las costumbres locales, Mientras arde, se muestra que en sus manos portaba un crucifijo, indicando que nunca abandonó completamente su fe, aunque había apostatado.
La apostasía casi nunca es producto de una falta de fe, al contrario, suele ser resultado de un esfuerzo sincero por encontrar la verdad, el ejercicio de la razón y el libre albedrio, los cuales, supuestamente, Dios le otorgó al ser humano. Es una actitud activa, dinámica, por encontrar respuestas satisfactorias a las preguntas de este mundo. Es difícil creer que, de existir un ser divino, pueda considerar a este tipo de creaciones sus enemigos.
Dos jesuitas viajan clandestinamente a Japón para buscar a su mentor, el padre Ferreira, de quien se rumorea que ha renegado de su fe tras ser torturado. Descubren que la historia es cierta, pero también son testigos de las brutales torturas y ejecuciones a los que son sometidos los que se declaran cristianos y se niega a apostatar.
Al final, uno de los jesuítas muere intentando salvar a otros cristianos y el otro es capturado. Es llevado frente a una imagen de Cristo y se le pide que la pise para demostrar que reniega de su fe; de lo contrario, muchos campesinos serán torturados. En ese momento decisivo, el jesuita escucha la voz de Cristo rompiendo el silencio y diciéndole que pise la imagen, que para eso él ha ido al mundo. El jesuita pisa la imagen y, oficialmente, apostata.
La escena cambia, se nos muestra que el jesuita ahora ha adoptado una nueva identidad japonesa, trabaja para el gobierno. Sin embargo, en su interior la fe sigue viva, continúa siendo creyente en secreto, privadamente. En la escena final, muere y es cremado según las costumbres locales, Mientras arde, se muestra que en sus manos portaba un crucifijo, indicando que nunca abandonó completamente su fe, aunque había apostatado.
La apostasía casi nunca es producto de una falta de fe, al contrario, suele ser resultado de un esfuerzo sincero por encontrar la verdad, el ejercicio de la razón y el libre albedrio, los cuales, supuestamente, Dios le otorgó al ser humano. Es una actitud activa, dinámica, por encontrar respuestas satisfactorias a las preguntas de este mundo. Es difícil creer que, de existir un ser divino, pueda considerar a este tipo de creaciones sus enemigos.