02 Jan, 2026, 05:56 PM
Quiero compartir esta experiencia desde un lugar de respeto y honestidad, no de ataque. No dejé de creer en Jehová. Lo que me lastimó fue la parte humana de la organización.
Me bauticé con un deseo sincero de servir a Dios. Poco tiempo después llegaron circunstancias difíciles: aislamiento, pérdidas familiares profundas y un golpe emocional fuerte. En ese momento necesitaba apoyo espiritual, acompañamiento, alguien que escuchara. En lugar de eso, encontré distancia, silencio y una sensación constante de estar solo en medio del dolor.
No fue Jehová quien falló.
Fueron las personas.
Con el tiempo aprendí que la organización está formada por seres humanos, y los humanos pueden ser insensibles, rígidos o incapaces de ver más allá de procedimientos y reportes. Eso duele, especialmente cuando uno intenta hacer las cosas bien y aun así se siente etiquetado o juzgado.
Hubo decisiones importantes en mi vida que tomé con convicción y responsabilidad, pero que fueron mal interpretadas. En lugar de comprensión, recibí desconfianza. En lugar de apoyo, frialdad. Eso dejó heridas que no se ven, pero que pesan.
Aun así, no me fui.
Seguí adelante porque mi fe nunca estuvo puesta en hombres, cargos ni estructuras. Mi relación con Jehová es personal. Sigo orando. Sigo estudiando. Sigo creyendo. Pero también aprendí a reconocer que no todo lo que duele viene de Dios, y que cuestionar la parte humana no significa perder la fe.
Escribo esto porque sé que muchos han pasado por experiencias similares y han sentido culpa por sentirse heridos. No es falta de espiritualidad reconocer el dolor. No es debilidad admitir que algo no estuvo bien.
Se puede amar a Jehová y al mismo tiempo aceptar que la organización, en su forma terrenal, puede fallar. Ambas cosas pueden coexistir.
No busco convencer a nadie.
Solo decir: no estás solo, no estás exagerando, no estás loco.
A veces quedarse también es una forma de resistencia.
Y sanar no siempre significa irse, sino aprender a sostener la fe incluso cuando la estructura humana no supo hacerlo.
Me bauticé con un deseo sincero de servir a Dios. Poco tiempo después llegaron circunstancias difíciles: aislamiento, pérdidas familiares profundas y un golpe emocional fuerte. En ese momento necesitaba apoyo espiritual, acompañamiento, alguien que escuchara. En lugar de eso, encontré distancia, silencio y una sensación constante de estar solo en medio del dolor.
No fue Jehová quien falló.
Fueron las personas.
Con el tiempo aprendí que la organización está formada por seres humanos, y los humanos pueden ser insensibles, rígidos o incapaces de ver más allá de procedimientos y reportes. Eso duele, especialmente cuando uno intenta hacer las cosas bien y aun así se siente etiquetado o juzgado.
Hubo decisiones importantes en mi vida que tomé con convicción y responsabilidad, pero que fueron mal interpretadas. En lugar de comprensión, recibí desconfianza. En lugar de apoyo, frialdad. Eso dejó heridas que no se ven, pero que pesan.
Aun así, no me fui.
Seguí adelante porque mi fe nunca estuvo puesta en hombres, cargos ni estructuras. Mi relación con Jehová es personal. Sigo orando. Sigo estudiando. Sigo creyendo. Pero también aprendí a reconocer que no todo lo que duele viene de Dios, y que cuestionar la parte humana no significa perder la fe.
Escribo esto porque sé que muchos han pasado por experiencias similares y han sentido culpa por sentirse heridos. No es falta de espiritualidad reconocer el dolor. No es debilidad admitir que algo no estuvo bien.
Se puede amar a Jehová y al mismo tiempo aceptar que la organización, en su forma terrenal, puede fallar. Ambas cosas pueden coexistir.
No busco convencer a nadie.
Solo decir: no estás solo, no estás exagerando, no estás loco.
A veces quedarse también es una forma de resistencia.
Y sanar no siempre significa irse, sino aprender a sostener la fe incluso cuando la estructura humana no supo hacerlo.



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