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Los tres Cristos de Ypsilanti o El delirio de los elegidos
#1

Los tres Cristos de Ypsilanti: cuando los delirios mentales y la fe religiosa se vuelven indistinguibles
En 1959, en un hospital psiquiátrico de Michigan, Estados Unidos, se desarrolló un experimento que hoy resulta tan fascinante como perturbador. No porque prometiera una cura milagrosa, sino porque terminó revelando algo mucho más profundo y universal: la extraordinaria resistencia de las creencias absolutas frente a la evidencia, ya sea en el terreno de la patología mental o en el de la fe religiosa. El protagonista fue el psicólogo social estadounidense de origen polaco Milton Rokeach, cuyo nombre original era Mendel Rokicz (1918-1988), quedando su experimento inmortalizado en su libro The Three Christs of Ypsilanti (Los tres Cristos de Ypsilanti) .
Rokeach reunió en el Hospital Estatal de Ypsilanti (ciudad ubicada en el condado de Washtenaw, Míchigan), a tres hombres diagnosticados con esquizofrenia paranoide que compartían una convicción idéntica, cada uno creía ser Jesucristo: Clyde, un granjero anciano; Joseph, un escritor vi0lento; y Leon, joven veterano que realmente parecía ser un mesías bíblico. Ninguno de los tres se consideraba un profeta ni enviado divino, sino el único y verdadero “Cristo”.
La hipótesis del investigador parecía razonable desde una lógica ingenua: si se confronta a una persona con otras dos que sostienen exactamente la misma creencia incompatible, la contradicción debería forzarlos a una revisión de su idea delirante. En otras palabras, la realidad —o al menos una versión socialmente compartida de ella— debía imponerse.
Sin embargo, nada de eso ocurrió. Durante casi dos años los tres hombres convivieron, discutieron y polemizaron. Pero aquí aparece el dato más revelador del experimento: ninguno de los tres admitió jamás que alguno de los otros pudiera ser el verdadero “Cristo”. Cada uno protegió su identidad mesiánica mediante elaboradas racionalizaciones: los otros eran impostores, máquinas sin alma, cuerpos controlados a distancia. Así que el delirio no se quebró; se sofisticó.
Desde una perspectiva psicológica —y también laica— este punto es crucial. El comportamiento de los tres pacientes esquizofrénicos recuerda de forma inquietante el de las sectas cristianas entre sí. Católicos, evangélicos, mormones, testigos de Jehová y cientos de denominaciones más comparten un núcleo doctrinal, pero ninguna admite jamás que otra posea la “verdadera” interpretación.
La lógica es idéntica a la del delirio clínico observado por Rokeach:
- “Mi creencia es la única verdadera.”
- “Las otras versiones son errores, desviaciones o engaños.”
- “La contradicción no invalida mi fe; la refuerza.”
Y es que, desde el punto de vista cognitivo, la fe religiosa dogmática funciona como un sistema cerrado muy similar a un delirio: es inmune a la evidencia contraria, genera explicaciones ad hoc, y se protege a sí misma de la falsación.
La diferencia principal no es, pues, estructural, sino social: una creencia se considera patológica sólo cuando la sostiene un individuo aislado; pero se considera religión cuando la sostiene un grupo numeroso y culturalmente legitimado. Y aquí cobra vigencia aquella frase atribuida al escritor y filósofo estadounidense Robert M. Pirsig (1928-2017) en su libro “Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta”: “Cuando una persona sufre de un delirio, se le llama locura. Cuando muchas personas sufren de un delirio, se le llama religión.” Es decir, la diferencia entre una creencia personal delirante (locura) y una creencia religiosa, parece ser, principalmente, el número de personas que la comparten. O sea, una creencia irracional e individual se considera locura, pero si la comparten muchas personas, se convierte en una religión o fe.
Pero volvamos al experimento de Ypsilanti, en realidad no curó a nadie. Peor aún, con el paso del tiempo Rokeach, frustrado, comenzó a manipular a sus pacientes, enviándoles cartas falsas de amores imaginarios, e incluso contratando a una asistente para que sedujera a Leon, con la idea de que el deseo humano los "despertaría". Pero cuando Leon descubrió la mentira, dijo: "La verdad es mi amiga. No tengo otros amigos".
Desde la psicología moderna, por supuesto, esto constituye una clara transgresión de principios éticos básicos: autonomía, no maleficencia, y respeto por la dignidad del paciente. Años después, en el epílogo añadido a su libro, el propio Rokeach reconoció su error con honestidad poco frecuente en la historia de la psicología. Admitió que en aquel hospital no había habido tres dioses, sino cuatro: los tres pacientes… y él mismo, jugando a ser una divinidad omnipotente que manipulaba destinos en nombre de la ciencia.
Sin embargo, desde una perspectiva laica y crítica de las religiones, el caso de Ypsilanti plantea una pregunta incómoda: ¿Qué diferencia realmente a un delirio religioso de una fe religiosa socialmente aceptada? Ambas comparten características clave:
- Convicciones absolutas e incuestionables.
- Resistencia extrema a la evidencia contraria.
- Construcción de identidades basadas en relatos sobrenaturales.
- Reinterpretación constante de la realidad para proteger la creencia.
Sin embargo, la psicología no diagnostica las religiones como trastornos mentales por razones clínicas, éticas y sociales, pero no porque sus mecanismos cognitivos sean radicalmente distintos. En todo caso, el experimento de Rokeach mostró que la mente humana puede sostener una creencia falsa, incluso cuando la contradicción está sentada frente a ella, hablando y respirando.
Por tanto, podemos decir en conclusión, que el experimento de los Tres Cristos de Ypsilanti no fracasó: simplemente respondió a una pregunta distinta de la que Rokeach creía estar formulando. No demostró cómo curar delirios, sino cuán profundamente humanos son los sistemas de creencias absolutas.
Visto desde hoy, el estudio es una doble advertencia: por un lado, sobre los peligros éticos del poder científico sin autocrítica. Por el otro, sobre la fragilidad de la razón cuando se enfrenta a creencias identitarias, ya sean clínicas o religiosas.
Aquellos tres hombres nunca aceptaron que otro fuera “el verdadero Cristo”. Así como las religiones tampoco aceptan que otra sea “la verdadera religión”. La diferencia es que a unos los llamamos “pacientes”, mientras que a las otras las llamamos “tradiciones sagradas”… Y quizá sea ésta la lección más inquietante de todas.

[Escrito por Godless Freeman, Twit de X https://x.com/GodlessFreeman ]
Libros citados:
3 cristos https://dn790007.ca.archive.org/0/items/...ilanti.pdf
Zen y motos https://cdn.bookey.app/files/pdf/book/es...icleta.pdf

Si Lucifer fue capaz de incitar una rebelión en el cielo, eso significa celos, envidia y violencia en el cielo pese a prometerte un paraíso perfecto
[Imagen: 312554928-8634900413188542-2070329703511938974-n.jpg]
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#2

Ese experimento no lo conocía y es interesante y dice mucho sobre la resistencia de las creencias absolutas frente a la contradicción. Ahora bien, me parece que el texto incurre en una simplificación cuando iguala sin más el delirio clínico de unos pacientes con la experiencia religiosa en general.

La comparación funciona si uno toma la fe únicamente como una afirmación de hechos rígida del tipo “esto es así y no puede ser de otro modo”. Pero para muchísimas personas, entre las que me encuentro; la religión no opera en principio como una hipótesis empírica sobre el mundo —de la que pueda verificarse o demostrarse su falsedad— sino como un marco simbólico, ético y existencial que les permite darle sentido a la vida, al sufrimiento, a la muerte y a la convivencia con el prójimo. En ese plano, la pregunta por si “Dios existe o no existe” es secundaria frente a la función que cumple la creencia en la gente.

Por otro lado, el ateísmo militante muchas veces reproduce la misma estructura que critica: un dogmatismo inverso (“Dios no existe”) sostenida con la misma convicción que el creyente sostiene la suya. En ambos casos hay una pretensión de certeza sobre una realidad última que, honestamente, ninguno de los dos puede conocer. La diferencia es más de contenido que de forma.

También creo que hay un punto clave que el texto pasa por alto: el delirio psiquiátrico implica una ruptura con la realidad que deteriora la autonomía y el funcionamiento de la persona. La religión, en cambio, suele integrarse a la vida social de las personas, favorecer lazos comunitarios y, en muchos casos, ayudar a las personas a sobrellevar la angustia, la enfermedad o la pérdida. Que una creencia no sea demostrable no la convierte automáticamente en patológica.

Para mi este experimento muestra algo muy humano: nuestra necesidad de sentido y nuestra tendencia a aferrarnos a narrativas que nos den identidad. Pero de ahí a concluir que la religión es, en esencia, un delirio colectivo, perdóname, pero creo que hay un salto de concepto enorme.

Tal vez la lección más honesta sea otra: sabemos muy poco sobre qué es realmente la realidad, y tanto creyentes como ateos solemos hablar con una seguridad que no está del todo justificada. Mientras tanto, si una creencia —religiosa o no— ayuda a alguien a vivir mejor sin dañar a otros, quizá eso sea más relevante que discutir si es “verdadera” o “falsa”.

Me llamo la atención lo que dijo ese científico “…Admitió que en aquel hospital no había habido tres dioses, sino cuatro: los tres pacientes… y él mismo, jugando a ser una divinidad omnipotente que manipulaba destinos en nombre de la ciencia.”
Creo que esto nos enseña también que el peligro no está solo en la religión, sino en cualquier sistema de pensamiento (incluso el científico) que se vuelve autoritario y olvida la humanidad del otro en nombre de una "Verdad" superior.
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#3

(Ayer, 12:35 PM)testigo de yahoo escribió:  También creo que hay un punto clave que el texto pasa por alto: el delirio psiquiátrico implica una ruptura con la realidad que deteriora la autonomía y el funcionamiento de la persona. La religión, en cambio, suele integrarse a la vida social de las personas, favorecer lazos comunitarios y, en muchos casos, ayudar a las personas a sobrellevar la angustia, la enfermedad o la pérdida. Que una creencia no sea demostrable no la convierte automáticamente en patológica.

Para mi este experimento muestra algo muy humano: nuestra necesidad de sentido y nuestra tendencia a aferrarnos a narrativas que nos den identidad. Pero de ahí a concluir que la religión es, en esencia, un delirio colectivo, perdóname, pero creo que hay un salto de concepto enorme.

Tal vez la lección más honesta sea otra: sabemos muy poco sobre qué es realmente la realidad, y tanto creyentes como ateos solemos hablar con una seguridad que no está del todo justificada. Mientras tanto, si una creencia —religiosa o no— ayuda a alguien a vivir mejor sin dañar a otros, quizá eso sea más relevante que discutir si es “verdadera” o “falsa”.

Mucho que comentar, por lo pronto, lo que ME PARECE mas relevante:

a) El hombre es gregario por naturaleza, y apra recordar las cosas "valisoas" suele generar habitos que se vuelven ritos y finalmente, tradiciones. Pero toda tradicion que se desenlaza de su origen (lo que se desea recordar) se vuelve obsoleta per se.

Cita:Un matrimonio joven esta preparando pollo salteado, y el marido ve que su amada esposa esta intentando cortar el hueso del pollo. asombrado resulta este dialogo:
-Porque le cortas el hueso?
-Porque asi lo hacia mi madre. Es aprte de la receta de cocina.
-Vale llamemos a tu madre, porque no veo la necesidad.

llamando a la suegra:
-Madre, porque la receta dice que cortemos el hueso del pollo?
-No lo se hija, es tradicion hacer asi la receta

La suegra intrigada, se conecta con su madre y le cuestiona:
-Mama, proqeu le cortan el hueso al pollo salteado?
y la abuela responde:

-¡¿Como?!!!! Aun no consiguen sartenes mas grandes?

b) Todo lo que es creencia pura, sin sustento DEMOSTRABLE de la realidad, es de momento, simple alucionacion. Si bien algunas ideas resultan ser ciertas al tiempo, es mediante la demostracion y poner a prueba nuestras creencias que llegamos a un estado de "verdad", inalcansable casi siempre por el mero metodo filosofico...

c) asta el momento, ninguna religion (NI SIQUIERA EL BUDISMO!!!) ha logrado que entre grupos se logre la paz y concordancia... Y el ateismo, que ni siquiera es una creencia (ser calvo no es un corte de pelo!) puede lograr la paz. Por lo demas, sin religion ni creencias peternaturales parece ser que se vive mejor, como lo demuestra los paises mas "tranquilos", que suelen estar poblados por la mayor cantidad de ateos no impuestos.


[Imagen: 527023440_31263623613222900_390271257725...e=69633925]


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Si Lucifer fue capaz de incitar una rebelión en el cielo, eso significa celos, envidia y violencia en el cielo pese a prometerte un paraíso perfecto
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#4

Entiendo tu postura, pero veo varios problemas conceptuales importantes.

Primero, afirmar que toda tradición que se aleja de su origen se vuelve obsoleta es, en sí mismo, una creencia no demostrada.

El lenguaje, el derecho, la ética o a veces incluso la ciencia son tradiciones que han perdido su justificación original y, sin embargo, siguen siendo funcionales. La utilidad presente no depende necesariamente del origen.
Segundo, equiparar toda creencia no demostrada con una alucinación es un error. Una alucinación es un trastorno perceptivo; una creencia no verificada es una construcción simbólica o conceptual. Si aplicáramos tu criterio con rigor, conceptos como justicia, dignidad humana o derechos serían “alucinaciones”, porque no son demostrables empíricamente, y sin embargo estructuran sociedades enteras.

Tercero, la exigencia de que sólo lo demostrable sea válido no es demostrable en sí misma: es una posición filosófica, no un hecho científico. En otras palabras, usás una creencia no empírica para invalidar todas las creencias no empíricas, lo cual es contradictorio.

Respecto a la paz social, la historia muestra que tanto religiones como ideologías explícitamente ateas han producido convivencia y también violencia. El factor común no es Dios o su ausencia, sino el dogmatismo: cuando una cosmovisión —religiosa o laica— se vuelve incuestionable y totalitaria.

Finalmente, decir que el ateísmo no es una creencia sólo es válido si se lo entiende como suspensión de juicio. Pero afirmar que “Dios no existe” con certeza es una creencia metafísica tan indemostrable como afirmar que existe.

Tal vez el punto no sea erradicar la religión o imponer el ateísmo, sino aceptar que no sabemos qué es, en última instancia, la realidad. Mientras tanto, las creencias —religiosas o no— deberían juzgarse menos por su “verdad demostrable” y más por sus efectos humanos y sociales.
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#5

Entiendo tu postura, pero veo varios problemas conceptuales importantes.

Primero, afirmar que toda tradición que se aleja de su origen se vuelve obsoleta es, en sí mismo, una creencia no demostrada.

El lenguaje, el derecho, la ética o a veces incluso la ciencia son tradiciones que han perdido su justificación original y, sin embargo, siguen siendo funcionales. La utilidad presente no depende necesariamente del origen.

Segundo, equiparar toda creencia no demostrada con una alucinación es un error. Una alucinación es un trastorno perceptivo; una creencia no verificada es una construcción simbólica o conceptual. Si aplicáramos tu criterio con rigor, conceptos como justicia, dignidad humana o derechos serían “alucinaciones”, porque no son demostrables empíricamente, y sin embargo estructuran sociedades enteras.

Tercero, la exigencia de que sólo lo demostrable sea válido no es demostrable en sí misma: es una posición filosófica, no un hecho científico. En otras palabras, usás una creencia no empírica para invalidar todas las creencias no empíricas, lo cual es contradictorio.

Respecto a la paz social, la historia muestra que tanto religiones como ideologías explícitamente ateas han producido convivencia y también violencia. El factor común no es Dios o su ausencia, sino el dogmatismo: cuando una cosmovisión —religiosa o laica— se vuelve incuestionable y totalitaria.

Finalmente, decir que el ateísmo no es una creencia sólo es válido si se lo entiende como suspensión de juicio. Pero afirmar que “Dios no existe” con certeza es una creencia metafísica tan indemostrable como afirmar que existe.

Tal vez el punto no sea erradicar la religión o imponer el ateísmo, sino aceptar que no sabemos qué es, en última instancia, la realidad. Mientras tanto, las creencias —religiosas o no— deberían juzgarse menos por su “verdad demostrable” y más por sus efectos humanos y sociales.
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