Hace 55 minutos
Llevo un par de años leyendo este foro y, aunque normalmente prefiero mantenerme como observador, últimamente he estado pensando mucho en un tema que creo que merece una conversación.
No quiero hablar de una congregación específica, ni de una persona específica, ni siquiera contar una situación concreta. De hecho, prefiero mantener mi experiencia deliberadamente ambigua porque no quiero que esto se convierta en una búsqueda de culpables.
Quiero hablar de una sensación.
La sensación de descubrir que, dentro de una comunidad religiosa, puedes pasar de sentir que eres útil a sentir que eres completamente reemplazable.
Y creo que eso puede suceder de maneras mucho más sutiles de lo que pensamos.
A veces recibes una responsabilidad.
Te dicen que confían en ti.
Lo interpretas como una oportunidad para servir, crecer y demostrar que quieres hacer las cosas bien.
Pero con el tiempo empiezas a descubrir que esa oportunidad también trae expectativas.
Y aquí es donde las cosas pueden complicarse.
Lo que comenzó como:
«“Queremos darte una oportunidad.”»
Puede terminar sintiéndose como:
«“No estás cumpliendo con lo que esperamos de ti.”»
Y en algunos casos ni siquiera existe una conversación clara.
Simplemente cambia algo.
Una responsabilidad desaparece.
Dejas de ser tomado en cuenta para determinada función.
Otra persona ocupa tu lugar.
Y tú te quedas intentando entender qué ocurrió.
Quizá realmente cometiste un error.
Quizá no cumpliste con una expectativa.
Quizá simplemente ya no eras la persona que necesitaban para esa función.
Todo eso puede ser perfectamente válido.
Lo difícil es lo que sucede dentro de uno.
Porque cuando durante mucho tiempo has asociado tu valor con tu capacidad de servir, comienzas a confundir dos cosas:
“Ya no soy necesario para esta función”
con
“Ya no soy necesario.”
Y son cosas completamente diferentes.
El problema del título
Creo que aquí hay algo que puede suceder en muchas organizaciones religiosas.
Los títulos y las responsabilidades son necesarios. Una comunidad necesita organización y personas que asuman diferentes funciones.
Pero existe un peligro cuando empezamos a mirar a las personas principalmente desde el título que tienen.
“Este hermano es anciano.”
“Esta hermana es precursora.”
“Este hermano tiene responsabilidades.”
“Esta persona ya no tiene responsabilidades.”
Y sin darnos cuenta, podemos empezar a evaluar a alguien más por su utilidad dentro de la estructura que por la persona que existe detrás de ella.
Entonces ocurre algo extraño.
La persona puede seguir teniendo fe.
Puede seguir teniendo amor por Dios.
Puede seguir queriendo ayudar.
Puede seguir teniendo muchísimo que ofrecer.
Pero si deja de cumplir determinada expectativa...
se convierte, a los ojos de la estructura, en alguien prescindible.
Y eso puede destruir emocionalmente a alguien.
Especialmente a una persona que durante años aprendió a medir su valor por cuánto podía hacer por los demás.
¿Qué pasa cuando una oportunidad se convierte en una prueba?
Esta es quizá la parte que más me interesa.
¿En qué momento una oportunidad para servir deja de sentirse como una oportunidad y empieza a sentirse como una evaluación permanente?
Porque cuando ocurre eso, puedes comenzar a vivir con miedo.
Miedo a equivocarte.
Miedo a decepcionar.
Miedo a perder responsabilidades.
Miedo a que otros cambien la opinión que tienen de ti.
Y eventualmente puedes terminar haciendo algo bastante triste:
Ya no sirves porque quieres ayudar.
Sirves porque necesitas demostrar que mereces seguir siendo considerado útil.
Y eso es una carga terrible.
No creo que todas las personas que toman decisiones dentro de una religión tengan malas intenciones.
De hecho, estoy seguro de que muchas actúan de buena fe.
Pero las buenas intenciones no impiden que una estructura produzca determinadas consecuencias emocionales.
Por eso creo que esta conversación vale la pena.
Quizá el problema no sea perder el puesto
Quizá el verdadero problema sea pensar que perdiste tu valor junto con él.
Personalmente, algo que me ha ayudado mucho a procesar estas experiencias es recordar que una persona puede dejar de ser necesaria para una función y seguir siendo profundamente valiosa para alguien.
Puedes perder un título y seguir teniendo una conversación que cambie la vida de otra persona.
Puedes dejar de recibir una responsabilidad y seguir siendo alguien que escucha.
Puedes dejar de estar al frente y seguir ayudando.
Puedes dejar de ser considerado “útil” por una estructura y seguir siendo una persona capaz de hacer muchísimo bien.
Y, para quienes todavía creemos en Dios, existe una pregunta todavía más profunda:
¿Mi valor ante Dios depende de mi posición ante los hombres?
Me parece una pregunta incómoda.
Pero quizá sea una de las más importantes que podemos hacernos.
Porque si la respuesta es sí, entonces nuestra relación con Dios corre el riesgo de convertirse simplemente en otra extensión de nuestra necesidad de aprobación.
No escribo esto desde el rencor
Tampoco estoy diciendo que toda pérdida de una responsabilidad sea injusta.
A veces una persona realmente no está preparada.
A veces hay errores.
A veces alguien necesita ser corregido.
A veces otra persona simplemente está mejor capacitada.
Eso forma parte de cualquier comunidad.
Lo que me interesa es cómo hacemos esas transiciones.
¿Podemos decirle a alguien:
“Esto ya no es para ti”
sin transmitirle:
“Ya no eres valioso”?
¿Podemos corregir sin humillar?
¿Podemos retirar una responsabilidad sin hacer que alguien sienta que Dios también lo está retirando de su lado?
Y quizá la pregunta más importante:
¿Qué hacemos cuando descubrimos que, a los ojos de los hombres, somos reemplazables?
Tal vez aprender que eso no significa que seamos desechables.
Me gustaría saber si alguien más ha vivido algo parecido.
¿Alguna vez recibiste una “oportunidad” que terminó convirtiéndose en una expectativa imposible de cumplir?
¿Alguna vez perdiste una responsabilidad sin entender realmente por qué?
¿Alguna vez sentiste que mientras eras útil eras valorado, pero cuando dejaste de serlo también cambió la forma en que te trataban?
No busco atacar a ninguna religión.
Quiero escuchar experiencias.
Porque quizá descubramos que esto no es solamente un problema de una organización.
Quizá sea un problema mucho más humano:
la facilidad con la que podemos confundir el valor de una persona con la utilidad que tiene para nosotros.
No quiero hablar de una congregación específica, ni de una persona específica, ni siquiera contar una situación concreta. De hecho, prefiero mantener mi experiencia deliberadamente ambigua porque no quiero que esto se convierta en una búsqueda de culpables.
Quiero hablar de una sensación.
La sensación de descubrir que, dentro de una comunidad religiosa, puedes pasar de sentir que eres útil a sentir que eres completamente reemplazable.
Y creo que eso puede suceder de maneras mucho más sutiles de lo que pensamos.
A veces recibes una responsabilidad.
Te dicen que confían en ti.
Lo interpretas como una oportunidad para servir, crecer y demostrar que quieres hacer las cosas bien.
Pero con el tiempo empiezas a descubrir que esa oportunidad también trae expectativas.
Y aquí es donde las cosas pueden complicarse.
Lo que comenzó como:
«“Queremos darte una oportunidad.”»
Puede terminar sintiéndose como:
«“No estás cumpliendo con lo que esperamos de ti.”»
Y en algunos casos ni siquiera existe una conversación clara.
Simplemente cambia algo.
Una responsabilidad desaparece.
Dejas de ser tomado en cuenta para determinada función.
Otra persona ocupa tu lugar.
Y tú te quedas intentando entender qué ocurrió.
Quizá realmente cometiste un error.
Quizá no cumpliste con una expectativa.
Quizá simplemente ya no eras la persona que necesitaban para esa función.
Todo eso puede ser perfectamente válido.
Lo difícil es lo que sucede dentro de uno.
Porque cuando durante mucho tiempo has asociado tu valor con tu capacidad de servir, comienzas a confundir dos cosas:
“Ya no soy necesario para esta función”
con
“Ya no soy necesario.”
Y son cosas completamente diferentes.
El problema del título
Creo que aquí hay algo que puede suceder en muchas organizaciones religiosas.
Los títulos y las responsabilidades son necesarios. Una comunidad necesita organización y personas que asuman diferentes funciones.
Pero existe un peligro cuando empezamos a mirar a las personas principalmente desde el título que tienen.
“Este hermano es anciano.”
“Esta hermana es precursora.”
“Este hermano tiene responsabilidades.”
“Esta persona ya no tiene responsabilidades.”
Y sin darnos cuenta, podemos empezar a evaluar a alguien más por su utilidad dentro de la estructura que por la persona que existe detrás de ella.
Entonces ocurre algo extraño.
La persona puede seguir teniendo fe.
Puede seguir teniendo amor por Dios.
Puede seguir queriendo ayudar.
Puede seguir teniendo muchísimo que ofrecer.
Pero si deja de cumplir determinada expectativa...
se convierte, a los ojos de la estructura, en alguien prescindible.
Y eso puede destruir emocionalmente a alguien.
Especialmente a una persona que durante años aprendió a medir su valor por cuánto podía hacer por los demás.
¿Qué pasa cuando una oportunidad se convierte en una prueba?
Esta es quizá la parte que más me interesa.
¿En qué momento una oportunidad para servir deja de sentirse como una oportunidad y empieza a sentirse como una evaluación permanente?
Porque cuando ocurre eso, puedes comenzar a vivir con miedo.
Miedo a equivocarte.
Miedo a decepcionar.
Miedo a perder responsabilidades.
Miedo a que otros cambien la opinión que tienen de ti.
Y eventualmente puedes terminar haciendo algo bastante triste:
Ya no sirves porque quieres ayudar.
Sirves porque necesitas demostrar que mereces seguir siendo considerado útil.
Y eso es una carga terrible.
No creo que todas las personas que toman decisiones dentro de una religión tengan malas intenciones.
De hecho, estoy seguro de que muchas actúan de buena fe.
Pero las buenas intenciones no impiden que una estructura produzca determinadas consecuencias emocionales.
Por eso creo que esta conversación vale la pena.
Quizá el problema no sea perder el puesto
Quizá el verdadero problema sea pensar que perdiste tu valor junto con él.
Personalmente, algo que me ha ayudado mucho a procesar estas experiencias es recordar que una persona puede dejar de ser necesaria para una función y seguir siendo profundamente valiosa para alguien.
Puedes perder un título y seguir teniendo una conversación que cambie la vida de otra persona.
Puedes dejar de recibir una responsabilidad y seguir siendo alguien que escucha.
Puedes dejar de estar al frente y seguir ayudando.
Puedes dejar de ser considerado “útil” por una estructura y seguir siendo una persona capaz de hacer muchísimo bien.
Y, para quienes todavía creemos en Dios, existe una pregunta todavía más profunda:
¿Mi valor ante Dios depende de mi posición ante los hombres?
Me parece una pregunta incómoda.
Pero quizá sea una de las más importantes que podemos hacernos.
Porque si la respuesta es sí, entonces nuestra relación con Dios corre el riesgo de convertirse simplemente en otra extensión de nuestra necesidad de aprobación.
No escribo esto desde el rencor
Tampoco estoy diciendo que toda pérdida de una responsabilidad sea injusta.
A veces una persona realmente no está preparada.
A veces hay errores.
A veces alguien necesita ser corregido.
A veces otra persona simplemente está mejor capacitada.
Eso forma parte de cualquier comunidad.
Lo que me interesa es cómo hacemos esas transiciones.
¿Podemos decirle a alguien:
“Esto ya no es para ti”
sin transmitirle:
“Ya no eres valioso”?
¿Podemos corregir sin humillar?
¿Podemos retirar una responsabilidad sin hacer que alguien sienta que Dios también lo está retirando de su lado?
Y quizá la pregunta más importante:
¿Qué hacemos cuando descubrimos que, a los ojos de los hombres, somos reemplazables?
Tal vez aprender que eso no significa que seamos desechables.
Me gustaría saber si alguien más ha vivido algo parecido.
¿Alguna vez recibiste una “oportunidad” que terminó convirtiéndose en una expectativa imposible de cumplir?
¿Alguna vez perdiste una responsabilidad sin entender realmente por qué?
¿Alguna vez sentiste que mientras eras útil eras valorado, pero cuando dejaste de serlo también cambió la forma en que te trataban?
No busco atacar a ninguna religión.
Quiero escuchar experiencias.
Porque quizá descubramos que esto no es solamente un problema de una organización.
Quizá sea un problema mucho más humano:
la facilidad con la que podemos confundir el valor de una persona con la utilidad que tiene para nosotros.


