Hace 2 horas
Esta historia está basada en una etapa de mi vida. Si has leído la novela 1984 de George Orwell rápidamente relacionarás los personajes. De antemano te anticipo que este relato no es una lección de moralidad; no me considero ni un héroe ni un villano. Solo relato como catarsis y reflexión. Si en alguna línea algo te escandaliza será mejor no seguir leyendo.
Hace un par de años, estaba en un oscuro momento de mi vida, ejerciendo como anciano de congregación dentro de un sistema en el que ya no creía. Yo había descubierto todo el engaño de la organización desde que era siervo ministerial, pero pensaba que llegando a ser anciano podía frenar los abusos dentro de la congregación… salió mal. Día tras día me fui quebrando mentalmente, soportando entre mi propia conciencia y lo que mi cargo requería; me agotaba por todas aquellas reuniones en que tenía que lidiar con compañeros obsesionados con el poder y la imagen personal que con el bienestar del rebaño.
En ese caldo de cultivo perfecto, apareció ella… Julia. Yo no era libre para una relación, y ella tampoco. De hecho, nadie se planteó al principio una relación, solo nació una amistad. Las conversaciones eran esporádicas y superficiales, pero inevitablemente la confianza iba creciendo… hasta que llegó el momento en que hablábamos por celular horas y horas.
Pasaron los meses y descubrimos que teníamos muchas cosas en común: intereses, películas, libros, y demás cosas. En ese momento en que me sentía agobiado mentalmente, en que ni siquiera en mi propio hogar era libre de expresar mi verdadera opinión sobre la organización, decidí confesarle a ella mi apostasía.
Le conté muchas cosas que había descubierto, le conté cómo discursaba sin siquiera creer en lo que decía, le confesé cómo ir a las visitas de pastoreo eran una tortura para mí, le dije que las reuniones de ancianos eran un martirio que tenía que soportar… no sabía qué opinaría de eso, pero para mi sorpresa, me reveló algo: ella también tenía muchas dudas sobre la organización desde hacía tiempo.
Me contó que cuando nos conocimos ella recién había sido readmitida después de haber estado expulsada muchos años, y que volvió solo para darle el gusto a su familia. Me confesó que había investigado muchas cosas sobre los testigos de Jehová que le habían causado dudas, pero que ahora solo asistía a las reuniones para darle gusto a su familia… y asistía por verme.
Ella se convirtió en mi confidente, la única persona cercana con la que podía ser yo mismo, donde no tenía necesidad de fingir… así fue que tomamos una decisión que no fue apropiada ni siquiera para la mayoría de las personas que no son Testigos de Jehová: iniciamos una relación clandestina.
Todo lo que soportaba dentro de la organización desaparecía cuando estaba con ella, con quien podía sentirme totalmente auténtico, sin máscaras, donde podía decir lo que quisiera sin ser juzgado. Era a quien podía contarle cada nuevo descubrimiento sobre la organización. Y, aunque dentro de mi parte racional yo evitaba certeramente hablar sobre el futuro, inevitablemente a veces surgía un breve “¿qué pasaría si dejamos la organización” …
Así pasaron los meses, en donde nadie sospechaba. Meses en los cuales yo dirigía las reuniones y ella me miraba discretamente, meses en los que ni siquiera nos saludábamos en público porque nadie debía saberlo. Meses en los que ella se volvió más activa en la predicación y las actividades teocráticas solo para verme…
Pero conforme mi mente se aclaraba, y yo iba trabajando mis emociones, me di cuenta que había cometido ese grave error de involucrarme en la relación. Entendí que en ella en realidad solo buscaba cubrir una carencia que yo tenía que cubrir internamente, y decidí terminar la relación. Desafortunadamente, la inestabilidad mental que yo arrastraba me hacía buscarla al poco tiempo, y ella me aceptaba de vuelta; así pasamos varias veces terminando y regresando.
Con el tiempo, sentí que ella no se había desprendido por completo del control de la organización. A veces me decía que sentía remordimiento por lo que pensaría Jehová de lo que estábamos haciendo, y perder la oportunidad de vivir en un paraíso… ella tenía una lucha entre el deseo y el control emocional. Además, sentí que se involucraba más de lo necesario con la congregación, afianzando amistades y haciendo nuevas en un grupo de personas en las que se suponía ya no deberíamos tener confianza.
Así que decidí ir disminuyendo mi apego emocional hacia ella, pero ella lo notaba. Cuando me cuestionaba directamente yo le expresaba mis inquietudes, y ella decía que solo seguía en la organización porque yo estaba ahí. Además, me reclamaba que yo también estaba muy involucrado en las actividades teocráticas pero yo le contestaba que eso solo era para mantener las apariencias.
Entre estos conflictos, llegó el momento en que decidí terminar la relación definitivamente, y reconstruir mi vida. Estaba decidido a no volver a ese punto, y establecer contacto cero. Pero un día, ella me marcó de nuevo. Yo pensé que era para intentar que volviéramos y estaba decidido a decir que no. Pero su razón era otra: su esposo (publicador inactivo) sabía todo sobre lo que pasó… había hackeado su whatsapp y tenía todo.
Más allá de la relación, este hombre tenía evidencia de todo mi ser: todo lo que yo le había contado a ella sobre la organización, las fotos de cumpleaños que festejé, las drogas que consumía, mis proyectos de ayuda a ex testigos de Jehová, las admisiones de que ya no creía yo en esta farsa… Yo era un anciano de congregación, considerado posiblemente el más recto del cuerpo, y odiado por esa misma razón por el resto de los ancianos … Este hombre tenía todo lo que me desacreditaba, y estaba dispuesto a entregarle la información a los ancianos.
Continuará
Hace un par de años, estaba en un oscuro momento de mi vida, ejerciendo como anciano de congregación dentro de un sistema en el que ya no creía. Yo había descubierto todo el engaño de la organización desde que era siervo ministerial, pero pensaba que llegando a ser anciano podía frenar los abusos dentro de la congregación… salió mal. Día tras día me fui quebrando mentalmente, soportando entre mi propia conciencia y lo que mi cargo requería; me agotaba por todas aquellas reuniones en que tenía que lidiar con compañeros obsesionados con el poder y la imagen personal que con el bienestar del rebaño.
En ese caldo de cultivo perfecto, apareció ella… Julia. Yo no era libre para una relación, y ella tampoco. De hecho, nadie se planteó al principio una relación, solo nació una amistad. Las conversaciones eran esporádicas y superficiales, pero inevitablemente la confianza iba creciendo… hasta que llegó el momento en que hablábamos por celular horas y horas.
Pasaron los meses y descubrimos que teníamos muchas cosas en común: intereses, películas, libros, y demás cosas. En ese momento en que me sentía agobiado mentalmente, en que ni siquiera en mi propio hogar era libre de expresar mi verdadera opinión sobre la organización, decidí confesarle a ella mi apostasía.
Le conté muchas cosas que había descubierto, le conté cómo discursaba sin siquiera creer en lo que decía, le confesé cómo ir a las visitas de pastoreo eran una tortura para mí, le dije que las reuniones de ancianos eran un martirio que tenía que soportar… no sabía qué opinaría de eso, pero para mi sorpresa, me reveló algo: ella también tenía muchas dudas sobre la organización desde hacía tiempo.
Me contó que cuando nos conocimos ella recién había sido readmitida después de haber estado expulsada muchos años, y que volvió solo para darle el gusto a su familia. Me confesó que había investigado muchas cosas sobre los testigos de Jehová que le habían causado dudas, pero que ahora solo asistía a las reuniones para darle gusto a su familia… y asistía por verme.
Ella se convirtió en mi confidente, la única persona cercana con la que podía ser yo mismo, donde no tenía necesidad de fingir… así fue que tomamos una decisión que no fue apropiada ni siquiera para la mayoría de las personas que no son Testigos de Jehová: iniciamos una relación clandestina.
Todo lo que soportaba dentro de la organización desaparecía cuando estaba con ella, con quien podía sentirme totalmente auténtico, sin máscaras, donde podía decir lo que quisiera sin ser juzgado. Era a quien podía contarle cada nuevo descubrimiento sobre la organización. Y, aunque dentro de mi parte racional yo evitaba certeramente hablar sobre el futuro, inevitablemente a veces surgía un breve “¿qué pasaría si dejamos la organización” …
Así pasaron los meses, en donde nadie sospechaba. Meses en los cuales yo dirigía las reuniones y ella me miraba discretamente, meses en los que ni siquiera nos saludábamos en público porque nadie debía saberlo. Meses en los que ella se volvió más activa en la predicación y las actividades teocráticas solo para verme…
Pero conforme mi mente se aclaraba, y yo iba trabajando mis emociones, me di cuenta que había cometido ese grave error de involucrarme en la relación. Entendí que en ella en realidad solo buscaba cubrir una carencia que yo tenía que cubrir internamente, y decidí terminar la relación. Desafortunadamente, la inestabilidad mental que yo arrastraba me hacía buscarla al poco tiempo, y ella me aceptaba de vuelta; así pasamos varias veces terminando y regresando.
Con el tiempo, sentí que ella no se había desprendido por completo del control de la organización. A veces me decía que sentía remordimiento por lo que pensaría Jehová de lo que estábamos haciendo, y perder la oportunidad de vivir en un paraíso… ella tenía una lucha entre el deseo y el control emocional. Además, sentí que se involucraba más de lo necesario con la congregación, afianzando amistades y haciendo nuevas en un grupo de personas en las que se suponía ya no deberíamos tener confianza.
Así que decidí ir disminuyendo mi apego emocional hacia ella, pero ella lo notaba. Cuando me cuestionaba directamente yo le expresaba mis inquietudes, y ella decía que solo seguía en la organización porque yo estaba ahí. Además, me reclamaba que yo también estaba muy involucrado en las actividades teocráticas pero yo le contestaba que eso solo era para mantener las apariencias.
Entre estos conflictos, llegó el momento en que decidí terminar la relación definitivamente, y reconstruir mi vida. Estaba decidido a no volver a ese punto, y establecer contacto cero. Pero un día, ella me marcó de nuevo. Yo pensé que era para intentar que volviéramos y estaba decidido a decir que no. Pero su razón era otra: su esposo (publicador inactivo) sabía todo sobre lo que pasó… había hackeado su whatsapp y tenía todo.
Más allá de la relación, este hombre tenía evidencia de todo mi ser: todo lo que yo le había contado a ella sobre la organización, las fotos de cumpleaños que festejé, las drogas que consumía, mis proyectos de ayuda a ex testigos de Jehová, las admisiones de que ya no creía yo en esta farsa… Yo era un anciano de congregación, considerado posiblemente el más recto del cuerpo, y odiado por esa misma razón por el resto de los ancianos … Este hombre tenía todo lo que me desacreditaba, y estaba dispuesto a entregarle la información a los ancianos.
Continuará
despuesdelarmagedon@gmail.com



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