10 Feb, 2026, 10:25 AM
(08 Feb, 2026, 04:06 PM)IreneC escribió: Hola a todos:
Hace varios años que vengo leyendo el foro sin haberme suscripto, y esta vez decidí hacerlo porque necesito realizar una consulta. Antes, les cuento mi historia.
Fui testigo de Jehová desde los 14 hasta aproximadamente los 23 años. No me expulsaron; simplemente se dio un cúmulo de motivos y dudas que llegó a un punto en el que ya no podía seguir ignorándolos, sumado a estados depresivos que atravesaba a raíz de mi historia familiar. Llegado ese momento, decidí simplemente “desaparecer”: dejé de predicar primero y, luego, de asistir a las reuniones.
En mi caso, a diferencia de muchos de los procesos tan dolorosos que varios de ustedes han tenido que atravesar, irme fue relativamente fácil, ya que mi familia nunca fue testigo de Jehová. ¿Cómo llegué allí? Mis padres, inmigrantes en un país nuevo, con poca educación —tanto formal como religiosa—, luego de tener a mi hermano mayor conocieron a unos testigos de Jehová que se acercaron a predicar a nuestra casa. Como creo que muchos coincidirán, el interés y el afecto que muchos testigos expresan (que considero en mayoría sinceros, aunque estén en un contexto equivocado y manipulador) hizo que mis padres les tomaran cariño y comenzaran a estudiar la Biblia.
Así fue como, una vez que yo nací, la única religión o creencia de la que tuve conciencia fueron los testigos de Jehová. Mis padres nunca se bautizaron porque nunca se casaron. Nuestra vida familiar estaba marcada por la violencia de parte de mi padre, por lo que nunca siquiera se lo propusieron. La violencia, los golpes y la humillación eran lo normal en casa. Sin embargo, a lo largo de los años, los testigos siempre estuvieron allí: invitando a las reuniones, dejando publicaciones, retomando el estudio bíblico con mis padres y asistiendo a la conmemoración.
De este modo, al llegar a los 12 años —y hoy, analizándolo con distancia— creo que, buscando consuelo, compañía y una forma de salir de casa al menos un rato a la semana, me hice publicadora y luego me bauticé. La verdad es que siempre hubo cosas que no me convencían: desde lo doctrinal (leí su “Biblia” cinco veces completa y había mucho que me generaba ruido, pero lo pasaba por alto); el comportamiento hipócrita, que existe en todos lados; pero, sobre todo, la falta de amor y el desprecio que se expresaba hacia “la gente del mundo” y hacia los expulsados. ¿Acaso Dios no es amor y misericordia? Yo veía más bien una actitud de superioridad moral, entre muchas otras cosas, pero no quiero extenderme demasiado.
Cuando dejé de ir, incluso me aseguraba de no estar en casa los domingos, sabiendo que podían pasar a preguntar por mí. Volvía tarde de la universidad para evitar que algún anciano quisiera verme (otra de las razones: asistir a la universidad fue motivo de humillación dentro de la congregación). Y así fue hasta que me fui de la casa de mis padres a vivir sola en Buenos Aires.
Lamentablemente, producto de la opresión que había tenido en mi vida —por esta religión que me hacía sentir persecución y por la crianza tan difícil que atravesé—, al irme a vivir sola me fui al otro extremo en mi modo de vivir. Si bien tenía un excelente trabajo acorde a mis estudios, en lo moral quise hacer todo lo que antes no había hecho. Ese péndulo que, cuando se suelta de un lado, se va rápidamente al otro extremo. En los momentos en que sentía tristeza, aparecían las ganas de volver a los testigos de Jehová, porque no conocía otra cosa y pensaba que allí estaría bien, acompañada, y no sola como me sentía, peor por suerte nunca volví a ellos.
En fin, atravesé muchas cosas, las sobreviví y hoy estoy mejor. Ellos nunca más supieron de mí. Por eso nunca me interesé en enviar una carta de desasociación: internamente sentía que sería una humillación, que no quería cruzármelos en el pueblo de mi familia y vivir ese ostracismo. Una vez más, por mi crianza, estaba evitando cualquier situación que me causara dolor y no lo enfrenté. Hasta hoy que , más de diez años después, siento que tal vez debería hacerlo para cerrar ese capítulo, aunque no estoy segura de si realmente vale la pena.
El contexto es que, en primer lugar, gracias a todos ustedes y a las experiencias que comparten —tanto aquí como en canales de YouTube que difunden información— terminé de comprender en qué me había metido. Les agradezco de corazón por compartir sus historias y sus dolores, y lamento profundamente que hayan tenido que pasar por ellos. Además —y esto lo cuento solo a modo anecdótico, porque sé que la mayoría no coincidirá—, después de mucha investigación he decidido convertirme al catolicismo. No comentaré más al respecto.
Por todo lo anterior, y dado el tiempo transcurrido, me pregunto: ¿vale la pena enviar una carta de desasociación?, ¿es posible que aún tengan datos míos después de tanto tiempo? Si hay alguien de Argentina, especialmente, agradecería que pudiera comentarme. Creo tener la respuesta, pero pienso que quizá estoy buscando confirmación.
Gracias a quienes llegaron hasta el final y se tomaron el tiempo de leerme. Les envío muchos abrazos a todos, y gracias una vez más por compartir sus historias: no saben el bien que hacen.
Voy a tratar un tema muy valioso en un próximo hilo. Pero vale la pena adelantar que hay algo importantisimo que la Watchtower quiere ocultar a toda costa de miembros y ex miembros; la llave para intervenir en la vida de los fieles se llama consentimiento.
Ese consentimiento, en términos legales puede ser tácito: es decir cuando accedes a platicar con los ancianos y reconoces su autoridad. En otros casos es explícito: es decir cuando firmas un aviso de privacidad, de tratamiento de datos o alguna figura similar.
Apenas el año pasado (al menos en México) la Watchtowe empezó a tomarse más en serio las políticas de consentimiento de datos. Ahora se debe firmar el consentimiento cada vez que alguien es autorizado como publicador, cuando es reactivado, o cuando es readmitido; y aplican la típica estrategia de cualquier empresa con riesgos legales: te dan a firmar un documento súper genérico y que si quieres checar a detalle su política de tratamiento de datos consulte el sitio jw.org (spoiler: nadie lo hace).
Pero, al consultar la política en el sitio, ¡oh sorpresa!, resulta que el publicador tiene derecho a negarse a recibir ayuda espiritual, pastore, o reconocer comités judiciales, sin que eso signifique desasociación. ¿Por qué no informan eso a los publicadores? Porque pierden el control.
Por el tiempo que llevas fuera, el mismo libro pastoreen en su ambiguedad les da a entender a los ancianos que legalmente la Organización no te considera testigo de Jehová, ni la comunidad, así que no te molestarán. Si acudes con ellos, y dices por escrito o verbalmente que te desasocias solo reactivas su autoridad sobre tu vida.
Así que, yo te sugiero que si quieres una despedida que te deje tranquila, una de dos:
1. Escríbete una carta de desasociación, para ti. No la entregues, leela en voz alta y luego quémala. Es solo un ritual pero es muy efectivo para cerrar ciclos.
2. Si quieres algo más real, solo acude con los ancianos, explica que te bautizaste como testigo de Jehová, y quieres que la sucursal elimine cualquier dato personal tuyo que conserven, de acuerdo con tus derechos según las leyes de consentimiento de tu país (todo país democrático tiene leyes de consentimiento). Si te hacen cualquier pregunta de índole espiritual les dices que no estás para discutir doctrina, estás ejerciendo un derecho civil y no hablarás de otro ámbito excepto la revocación expresa; en unas cuantas semanas te harán llegar por el medio que tú desees un aviso de la sucursal confirmandote que han eliminado tus datos de sus bases, y no habrá ningún anuncio público al respecto.
charlesfiascorussell@gmail.com



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