Hace 2 horas
Me permito compartirles mi anecdota, disculpenme por lo extenso pero soy malo para resumir.
Cuando entré a Betel entre los años 80 y principios de los 90, venía de una familia pobre del sur de México. Unos hermanos americanos que conocíamos me regalaron: dos trajes, ocho camisas blancas (obligatorias en ese entonces), un par de zapatos negros, ropa interior y unos 20 pares de calcetines blancos. Ese era todo mi equipaje cuando llegué a El Tejocote (donde se encuentre Betel hasta la fecha).
Yo me esforzaba por hacer mis tareas lo mejor posible. Tenía facilidad para los idiomas, aunque nunca los estudié, así que me asignaron a la fábrica (a unos kilometros de casa Betel) con Roberto Gama para ayudarle a traducir manuales con un diccionario. Pero, poco a poco, sentí que me daban tareas más serviles y me excluían. Hasta que un día, frente a los 200 (aprox) voluntarios de la fábrica, el Jefe Gama me soltó: "Betel es la casa de Dios, y si no piensas vestirte como si vinieras a la casa de Dios, mejor ni te presentes".
Revisé mi ropa y no vi nada malo, hasta que sentenció: "Tus calcetines demuestran el espíritu del mundo". Luego me explicaron que no podía usarlos porque Michael Jackson —a quien yo conocía muy poco en ese entonces— los usaba. Al llegar a mi habitación, metí todos mis calcetines en una cubeta con tinta que traje de la fábrica. Por años usé calcetines pardos y manchados, porque, obviamente, la tinta no los pintó bien.
Para tranquilidad de tu amigo le puedes platicar que me ha tocado ver a Gerrit Lösch en una decena de ocasiones. En la mayoría de ellas, él lucía el cabello considerablemente más largo que ese 'casquete corto' que los ancianos de la vieja guardia nos exigían a los jóvenes como prueba de espiritualidad. Me costo trabajo pero pude digitalizar una foto que tome de el hace unos años.
Cuando entré a Betel entre los años 80 y principios de los 90, venía de una familia pobre del sur de México. Unos hermanos americanos que conocíamos me regalaron: dos trajes, ocho camisas blancas (obligatorias en ese entonces), un par de zapatos negros, ropa interior y unos 20 pares de calcetines blancos. Ese era todo mi equipaje cuando llegué a El Tejocote (donde se encuentre Betel hasta la fecha).
Yo me esforzaba por hacer mis tareas lo mejor posible. Tenía facilidad para los idiomas, aunque nunca los estudié, así que me asignaron a la fábrica (a unos kilometros de casa Betel) con Roberto Gama para ayudarle a traducir manuales con un diccionario. Pero, poco a poco, sentí que me daban tareas más serviles y me excluían. Hasta que un día, frente a los 200 (aprox) voluntarios de la fábrica, el Jefe Gama me soltó: "Betel es la casa de Dios, y si no piensas vestirte como si vinieras a la casa de Dios, mejor ni te presentes".
Revisé mi ropa y no vi nada malo, hasta que sentenció: "Tus calcetines demuestran el espíritu del mundo". Luego me explicaron que no podía usarlos porque Michael Jackson —a quien yo conocía muy poco en ese entonces— los usaba. Al llegar a mi habitación, metí todos mis calcetines en una cubeta con tinta que traje de la fábrica. Por años usé calcetines pardos y manchados, porque, obviamente, la tinta no los pintó bien.
Para tranquilidad de tu amigo le puedes platicar que me ha tocado ver a Gerrit Lösch en una decena de ocasiones. En la mayoría de ellas, él lucía el cabello considerablemente más largo que ese 'casquete corto' que los ancianos de la vieja guardia nos exigían a los jóvenes como prueba de espiritualidad. Me costo trabajo pero pude digitalizar una foto que tome de el hace unos años.



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