Hace 3 horas
“El ministerio de la Verdad” fue sobre Julia. Esa noche, después de una reunión de congregación, en donde justo yo había conducido la Atalaya, pude notar cómo a media reunión dos ancianos se la habían llevado a la trastienda del salón del Reino.
Naturalmente mi mente mientras dirigía la reunión daba mil vueltas, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo. Yo le había dicho a Julia antes de esa reunión que no se preocupara, que lo único que tenía que hacer era negarse a tener la conversación con los ancianos, eso me daría tiempo para pensar cómo actuar, pero su miedo a la organización la paralizó, no supo como negarse a esa conversación.
La reunión de la congregación terminó, todo parecía transcurrir con normalidad pero yo sabía lo que se estaba gestando. Saludé a los ancianos con normalidad, y no dejé asomar preocupación alguno. Al llegar a mi casa me comuniqué con Julia, para preguntarle qué había pasado.
Me dijo que efectivamente su esposo había entregado las evidencias a los ancianos, ellos no le mostraron nada a Julia pero le dijeron que había todo tipo de cosas graves tanto de mí como de ella. Julia no dio pelea, confesó y cooperó plenamente con ellos, como consecuencia le dijeron que le formarían un comité judicial. En cuanto a mí, le dijeron que me aconsejara confesar mis pecados.
Julia aún dentro de sus preocupaciones intentaba mostrarme algo de afecto, diciendo que me amaba, que yo le preocupaba, y que lamentaba cómo su indiscreción sacó a la luz todo. Por mi parte, mi única preocupación era mi esposa, porque sabía que ella no merecía vivir todo lo que a continuación iba a suceder.
Pero, dentro de todo lo malo, había una debilidad que debía explotar: La obsesión de los ancianos por destruirme les había hecho olvidar el timming, olvidaron que la justicia de la organización exige rapidez y prontitud. Ellos querían primero encargarse de Julia, recabar todo su testimonio y pruebas para después ir sobre mí.
Bajo pretextos falté dos semanas a las reuniones; ellos aprovecharon ese tiempo para intentar indagar con mis familiares si sabían algo sobre mí, algo judicial que debiera atender. Su soberbia les había hecho olvidar que se enfrentaban no solo a un anciano, sino a un anciano que en palabras propias de ellos “conoce muy bien las pautas de la organización”.
Una noche, le envié un mensaje al coordinador (uno de los ancianos encargados de la investigación), diciéndole si podía atenderme en una conversación junto con otro anciano. Su seguridad le hizo bajar la guardia: él estaba convencido de que venía mi confesión y humillación pidiendo clemencia, así que ni siquiera me preguntó de qué tema quería conversar. Siguiendo su guión mental de cómo deberían ser las cosas procedió a decirme que buscaría quién podría acompañarlo para la conversación, y que esta debería ser en el Salón del Reino.
Aproveché para comentarle que necesitábamos sustituirme como conductor de La Atalaya del fin de semana porque no me sentía bien. Olvidando el protocolo de preguntarme qué me pasaba simplemente me dijo que no había problema, que me sustituiría.
Esa noche, tuve que hablar con mi esposa sobre lo sucedido, esa conversación es otro tema que no deseo tratar en este momento. Solo puedo decir que lamento profundamente mis decisiones y el daño que causé. Tomamos la decisión de separarnos.
Al día siguiente, no fui a la reunión, me presenté cuando finalizó. El Coordinador me esperaba junto con otro anciano que no era de nuestra congregación, el mismo con el que abordó a Julia. Esto me dio seguridad de que eran predecibles. El comité de Julia sería al día siguiente y lo que yo hiciera en ese momento podía ser determinante. Me dijeron que esperáramos una hora a que la congregación terminara de desalojar el salón del reino, pero yo les dije que prefería hacerlo de una vez porque sería muy breve, así que accedieron.
Mientras eso sucedía, se estaba enviando un correo a la sucursal con copia a los ancianos ,que yo había programado un día antes para ese momento: Era mi renuncia como anciano y una advertencia legal de que el uso de evidencias digitales conlleva responsabilidades jurídicas; no mencioné ningún pecado, solo la advertencia. Así que, para el momento en que ingresamos a la sala de reunión los ancianos no sabían que yo ya ni siquiera era anciano y que ya me había blindado legalmente contra un comité que apenas estaba por formarse contra mi.
Continuará…
Naturalmente mi mente mientras dirigía la reunión daba mil vueltas, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo. Yo le había dicho a Julia antes de esa reunión que no se preocupara, que lo único que tenía que hacer era negarse a tener la conversación con los ancianos, eso me daría tiempo para pensar cómo actuar, pero su miedo a la organización la paralizó, no supo como negarse a esa conversación.
La reunión de la congregación terminó, todo parecía transcurrir con normalidad pero yo sabía lo que se estaba gestando. Saludé a los ancianos con normalidad, y no dejé asomar preocupación alguno. Al llegar a mi casa me comuniqué con Julia, para preguntarle qué había pasado.
Me dijo que efectivamente su esposo había entregado las evidencias a los ancianos, ellos no le mostraron nada a Julia pero le dijeron que había todo tipo de cosas graves tanto de mí como de ella. Julia no dio pelea, confesó y cooperó plenamente con ellos, como consecuencia le dijeron que le formarían un comité judicial. En cuanto a mí, le dijeron que me aconsejara confesar mis pecados.
Julia aún dentro de sus preocupaciones intentaba mostrarme algo de afecto, diciendo que me amaba, que yo le preocupaba, y que lamentaba cómo su indiscreción sacó a la luz todo. Por mi parte, mi única preocupación era mi esposa, porque sabía que ella no merecía vivir todo lo que a continuación iba a suceder.
Pero, dentro de todo lo malo, había una debilidad que debía explotar: La obsesión de los ancianos por destruirme les había hecho olvidar el timming, olvidaron que la justicia de la organización exige rapidez y prontitud. Ellos querían primero encargarse de Julia, recabar todo su testimonio y pruebas para después ir sobre mí.
Bajo pretextos falté dos semanas a las reuniones; ellos aprovecharon ese tiempo para intentar indagar con mis familiares si sabían algo sobre mí, algo judicial que debiera atender. Su soberbia les había hecho olvidar que se enfrentaban no solo a un anciano, sino a un anciano que en palabras propias de ellos “conoce muy bien las pautas de la organización”.
Una noche, le envié un mensaje al coordinador (uno de los ancianos encargados de la investigación), diciéndole si podía atenderme en una conversación junto con otro anciano. Su seguridad le hizo bajar la guardia: él estaba convencido de que venía mi confesión y humillación pidiendo clemencia, así que ni siquiera me preguntó de qué tema quería conversar. Siguiendo su guión mental de cómo deberían ser las cosas procedió a decirme que buscaría quién podría acompañarlo para la conversación, y que esta debería ser en el Salón del Reino.
Aproveché para comentarle que necesitábamos sustituirme como conductor de La Atalaya del fin de semana porque no me sentía bien. Olvidando el protocolo de preguntarme qué me pasaba simplemente me dijo que no había problema, que me sustituiría.
Esa noche, tuve que hablar con mi esposa sobre lo sucedido, esa conversación es otro tema que no deseo tratar en este momento. Solo puedo decir que lamento profundamente mis decisiones y el daño que causé. Tomamos la decisión de separarnos.
Al día siguiente, no fui a la reunión, me presenté cuando finalizó. El Coordinador me esperaba junto con otro anciano que no era de nuestra congregación, el mismo con el que abordó a Julia. Esto me dio seguridad de que eran predecibles. El comité de Julia sería al día siguiente y lo que yo hiciera en ese momento podía ser determinante. Me dijeron que esperáramos una hora a que la congregación terminara de desalojar el salón del reino, pero yo les dije que prefería hacerlo de una vez porque sería muy breve, así que accedieron.
Mientras eso sucedía, se estaba enviando un correo a la sucursal con copia a los ancianos ,que yo había programado un día antes para ese momento: Era mi renuncia como anciano y una advertencia legal de que el uso de evidencias digitales conlleva responsabilidades jurídicas; no mencioné ningún pecado, solo la advertencia. Así que, para el momento en que ingresamos a la sala de reunión los ancianos no sabían que yo ya ni siquiera era anciano y que ya me había blindado legalmente contra un comité que apenas estaba por formarse contra mi.
Continuará…
despuesdelarmagedon@gmail.com



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