Hace 2 horas
Les quiero contar algo curioso que me pasó el otro día.
Como contexto, hace aproximadamente un año me robaron el celular y, con él, perdí todos los contactos que tenía de hermanos de la congregación y de otros lugares. Curiosamente, en lugar de ponerme triste, lo vi como una oportunidad para cambiar de número y, de paso, evitar que los hermanos pudieran seguir contactándome.
Pasó el tiempo y, hace unos días, recibí un correo de un hermano de otro país preguntándome cómo estaba y qué había sido de mí. Lo reconocí porque era uno de esos coleccionistas de publicaciones de la Watchtower que había conocido años atrás.
Su mensaje me hizo recordar una etapa de mi vida que tenía bastante olvidada. Cuando todavía era un testigo convencido, me apasionaba la historia de los Testigos de Jehová. Me encantaba coleccionar publicaciones antiguas de la Sociedad, leer biografías y conocer detalles de su historia. Llegué a leer Los testigos de Jehová, proclamadores del Reino de Dios unas cinco veces y, en determinado momento, incluso me uní a un grupo internacional de coleccionistas en el que participaban personas de distintos países.
Al principio me parecía algo interesante. Era entretenido compartir publicaciones, hablar de ediciones antiguas y descubrir material que uno nunca había visto. Sin embargo, poco a poco empecé a notar que el grupo tenía cada vez menos que ver con compartir conocimiento y mucho más con presumir.
La competencia era constante: quién tenía la publicación más antigua, quién poseía el ejemplar más raro, quién acumulaba más libros, quién había conseguido una firma de alguno de los presidentes de la Sociedad o quién había tenido la oportunidad de saludar personalmente a algún miembro del Cuerpo Gobernante durante una visita a la central mundial.
Como yo recién estaba comenzando, mi colección era bastante pequeña en comparación con la de ellos. Algunos tenían auténticas rarezas: libros firmados por antiguos presidentes, objetos personales relacionados con personajes importantes de la organización y piezas históricas bastante peculiares. Incluso recuerdo que, cuando retiraron la pirámide asociada con Russell, uno de ellos fue hasta el lugar y consiguió algunos fragmentos para incorporarlos a su colección personal.
Lo curioso es que yo esperaba encontrarme con un grupo de hermanos interesados en la historia y en preservar publicaciones antiguas. En cambio, terminé encontrándome con algo mucho más parecido a una competencia entre coleccionistas. La mayoría de las veces que me escribían ni siquiera era para conversar sobre historia; querían saber cuánto vendía alguno de mis libros o si tenía algo que pudiera interesarles.
Con el tiempo terminé hartándome. Me salí de esos grupos y perdí el contacto con prácticamente todos ellos.
Ahora, al recibir aquel correo después de tanto tiempo, me puse a pensar en todo aquello y en cómo el fanatismo hacia una organización puede manifestarse de maneras muy diferentes. No siempre tiene que expresarse mediante predicaciones constantes, defensa ciega de doctrinas o discusiones religiosas. A veces también aparece en algo aparentemente tan inofensivo como coleccionar publicaciones.
Y cuando una afición termina convirtiéndose en una obsesión por poseer, presumir, competir y demostrar quién tiene una conexión más especial con la organización, deja de ser simplemente una afición. En ese punto, lo que parecía amor por la historia puede terminar revelando una fascinación bastante enfermiza por la Watchtower.
Como contexto, hace aproximadamente un año me robaron el celular y, con él, perdí todos los contactos que tenía de hermanos de la congregación y de otros lugares. Curiosamente, en lugar de ponerme triste, lo vi como una oportunidad para cambiar de número y, de paso, evitar que los hermanos pudieran seguir contactándome.
Pasó el tiempo y, hace unos días, recibí un correo de un hermano de otro país preguntándome cómo estaba y qué había sido de mí. Lo reconocí porque era uno de esos coleccionistas de publicaciones de la Watchtower que había conocido años atrás.
Su mensaje me hizo recordar una etapa de mi vida que tenía bastante olvidada. Cuando todavía era un testigo convencido, me apasionaba la historia de los Testigos de Jehová. Me encantaba coleccionar publicaciones antiguas de la Sociedad, leer biografías y conocer detalles de su historia. Llegué a leer Los testigos de Jehová, proclamadores del Reino de Dios unas cinco veces y, en determinado momento, incluso me uní a un grupo internacional de coleccionistas en el que participaban personas de distintos países.
Al principio me parecía algo interesante. Era entretenido compartir publicaciones, hablar de ediciones antiguas y descubrir material que uno nunca había visto. Sin embargo, poco a poco empecé a notar que el grupo tenía cada vez menos que ver con compartir conocimiento y mucho más con presumir.
La competencia era constante: quién tenía la publicación más antigua, quién poseía el ejemplar más raro, quién acumulaba más libros, quién había conseguido una firma de alguno de los presidentes de la Sociedad o quién había tenido la oportunidad de saludar personalmente a algún miembro del Cuerpo Gobernante durante una visita a la central mundial.
Como yo recién estaba comenzando, mi colección era bastante pequeña en comparación con la de ellos. Algunos tenían auténticas rarezas: libros firmados por antiguos presidentes, objetos personales relacionados con personajes importantes de la organización y piezas históricas bastante peculiares. Incluso recuerdo que, cuando retiraron la pirámide asociada con Russell, uno de ellos fue hasta el lugar y consiguió algunos fragmentos para incorporarlos a su colección personal.
Lo curioso es que yo esperaba encontrarme con un grupo de hermanos interesados en la historia y en preservar publicaciones antiguas. En cambio, terminé encontrándome con algo mucho más parecido a una competencia entre coleccionistas. La mayoría de las veces que me escribían ni siquiera era para conversar sobre historia; querían saber cuánto vendía alguno de mis libros o si tenía algo que pudiera interesarles.
Con el tiempo terminé hartándome. Me salí de esos grupos y perdí el contacto con prácticamente todos ellos.
Ahora, al recibir aquel correo después de tanto tiempo, me puse a pensar en todo aquello y en cómo el fanatismo hacia una organización puede manifestarse de maneras muy diferentes. No siempre tiene que expresarse mediante predicaciones constantes, defensa ciega de doctrinas o discusiones religiosas. A veces también aparece en algo aparentemente tan inofensivo como coleccionar publicaciones.
Y cuando una afición termina convirtiéndose en una obsesión por poseer, presumir, competir y demostrar quién tiene una conexión más especial con la organización, deja de ser simplemente una afición. En ese punto, lo que parecía amor por la historia puede terminar revelando una fascinación bastante enfermiza por la Watchtower.


