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Les comparto las referencias para contestar la guía de estudio para la escuela de ancianos
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Naasón Joaquín encara a su hijo Adoraim Joaquín en el templo
Naasón recalca a su hijo Adoraim que todo lo que son se lo deben al apostól
Este verano se marcha lentamente y las mariposas ya se van también..
Un mexicano-ruso que vive en Moscú y relata porque el gobierno ruso prohibió a los TJ en Rusia.
A propósito del estudio de La Atalaya de la semana pasada dónde aparecía un ángel rubio se me vino a la mente el libro "Cosas en las cuales es imposible que Dios mienta" dónde aparecían varias imágenes de un Cristo rubio y bien afeitado. Por ejemplo aquí el de la página 84:
![[Imagen: Screenshot-20190828-155420-2.png]](https://i.ibb.co/zQpLjRs/Screenshot-20190828-155420-2.png)
Me pregunto si el racismo estuvo infiltrado desde siempre en las altas esferas de la Watchtower y por eso hay tanto rubio de ojos azules en los Comités de Sucursal en todo el mundo.
Tengo cuando, esto escribo, 63 años de edad; hace 33 años que fui ordenado sacerdote, y he cruzado el Atlántico 69 veces. Tanto camino recorrido, me da derecho para enjuiciar con algún peso esta cosa misteriosa que llamamos vida, y este fenómeno psicosocial que se llama religión.
Mirando hoy retrospectivamente mi vida, me asombro de cómo pude haber estado tantos años —30 exactamente— en el seno de una Orden religiosa, admitiendo creencias que hoy me parecen totalmente increíbles, y practicando cosas que hoy me parecen absurdas. Y me pregunto ¿cómo es posible que estuviese tanto tiempo ciego?; ¿cómo es posible que mi mente estuviese tan drogada y que tragase tanto sin masticar? La contestación, de la que ya he hablado en otros lugares, está esbozada en las mismas preguntas: estaba endrogado y tragaba sin masticar. La educación primera que uno recibe (ideas, gustos, lenguaje, costumbres), buena o mala, se convierte en una droga que nos acompaña por toda la vida. Nos hacemos «adictos» a la tradición. A los esquimales les gusta la carne cruda de foca, los uruatis amazónicos devoran unos enormes y repugnantes gusanos negros y ciertos pueblos orientales se regodean con una salsa de pescado podrido. Se lo dieron a comer cuando aún no tenían uso de razón y veían cómo sus padres se relamían de gusto. Y se hicieron adictos.
Por eso lector, si tienes hijos pequeños, no cometas el error, por seguir la tradición y por no buscarte problemas, de dejar que te los intoxique la sociedad con ciertos «usos» mentales o materiales, que ya están en franca decadencia y que luego les va a costar mucho trabajo liberarse de ellos. A mí me ha costado casi veinte años el sacudirme de la mente ciertos miedos y complejos que me tenían aprisionado.
Lejos de mí el maldecir a los que me infiltraron en el alma tales creencias o costumbres. Ellos eran, a su vez, víctimas de lo mismo. Pero se fueron al otro mundo en épocas en que todavía se podía convivir con ellas, y por eso no sintieron el dolor mordiente de la duda, ni tuvieron que tomar drásticas resoluciones en sus vidas. En el más allá, en el que creo firmemente, verían nada más llegar, que todas sus ideas de aquello eran puras niñerías. Nosotros en ese particular, hemos evolucionado, y por eso comenzamos por afirmar que del más allá, apenas si sabemos que existe. Ellos creían a pies juntillas lo que la Iglesia ha dicho siempre; y la Iglesia ha dicho y sigue diciendo muchas tonterías con relación al más allá.
Y vuelvo a mi pregunta anterior: ¿cómo es posible que haya podido estar tantos años creyendo cosas que hoy considero totalmente increíbles? Fue posible porque la religión no se piensa, la religión se siente. Eso dicen los fanáticos. Y desgraciadamente es verdad. Y por eso hay tantos fanáticos.
En la historia de las religiones nos encontramos con mucha frecuencia con que los que pensaban con su cabeza eran sacados del medio violentamente. Pensar con la propia cabeza es un deporte peligroso en el seno de las religiones. Por eso nos decían en el catecismo que «doctores tiene la Santa Iglesia que lo sabrán responder». A lo largo de este libro hemos visto, en varias ocasiones, a hombres que iban a la hoguera invocando a Jesucristo, y los que encendían la hoguera eran precisamente los representantes oficiales de Jesucristo. Pero sus ideas religiosas eran algo diferentes y el choque de ambos fanatismos convertía en cenizas a uno de los discrepantes.
¡Qué funesto ha resultado a lo largo de los siglos el lema de los doctrinarios de todas las religiones!: «¡Cree! ¡No pienses!». A base de no pensar, hemos llegado a creer monstruosidades. Y lo malo es que muchos hombres y mujeres, a fuerza de no pensar, las siguen creyendo y se las siguen queriendo imponer a sus hijos.
¿Cómo es posible que yo haya estado tantos años comulgando con ruedas de molino? Otra de las causas que contribuyó a ello, fue lo que yo llamo «el miedo sacro». La Iglesia y sus doctrinarios, con el inconsciente deseo de manipular y subyugar las conciencias, nos han llenado el alma de miedos. Y el miedo, no solo no nos deja pensar, sino que nos impide rebelarnos cuando, por una razón u otra, descubrimos el error de nuestras creencias. El «más allá» del cristianismo —y los protestantes en esto son aún peor que los católicos— es aterrador. El infierno cristiano, que es solo fruto de mentes enfermizas, pende como una espada amenazadora encima de nuestras cabezas y nos impide tomar decisiones trascendentales. Si el miedo, según algunos, es lo que llevó al hombre a la religión, el miedo es lo que le impide zafarse de las garras de la religión. Creemos por miedo, y no dejamos de creer también por miedo. El miedo instintivo es una defensa natural en el niño, que lo libra de muchos peligros. Pero el miedo instintivo en un adulto es una vergüenza. Es una señal de que no ha evolucionado.
Mi rebelión contra muchas de las creencias del cristianismo no fue repentina. Sucedió en mí lentamente lo que yo pretendo hacer de una manera rápida con este libro. En él le presento al lector una vista panorámica de la dogmática del cristianismo, y otra de su historia, y trato de hacer que contraste ambas visiones. De un lado lo que la Iglesia dice y predica, y de otro lo que han sido en la realidad todas estas teorías; y de una manera particular me he fijado en cómo las han llevado a la práctica los que se supone que deberían haber sido ejemplo para todos los cristianos. Además he contrastado las creencias cristianas con las de otras religiones más antiguas para que el lector sacase sus consecuencias.
Yo no tuve tanta suerte. A mí no me dieron visiones totales de la historia de la Iglesia, sino que únicamente me presentaban, ya prejuiciados, los aspectos positivos de ella; y cuando necesariamente aparecía alguno negativo, ya venía con la solución y la explicación aparejada.
Es cierto que cuando estudié la dogmática cristiana, debí haber tenido un espíritu más crítico y haber descubierto mucho antes toda la vaciedad de tantas doctrinas sin sentido. Pero, como ya he dicho, mi sentimiento estaba endrogado: era mi Iglesia y era la religión de mis padres; yo no tenía derecho a cuestionarla y por eso ni se me ocurría hacerlo. Mi mente la aplicaba, no a analizar el alimento que le daban a mi espíritu, sino a prepararme para transmitirlo yo a otros de la mejor manera posible. Por eso estuve tanto tiempo comulgando con ruedas de molino.
Mi rebelión sucedió paulatinamente, porque yo comencé a enjuiciar no la historia total de la Iglesia, sino el pequeño entorno eclesiástico en que me movía, y a contrastarlo con lo que se me había enseñado, en cuanto al amor del prójimo, a la práctica real del desprendimiento de las cosas de este mundo, a la humildad, la castidad, la justicia, la pobreza, etc. Y vi que la teoría de los jerarcas andaba por un lado, pero las obras andaban por otro.
Y finalmente me pasó lo que le va a pasar a la torre de Pisa: que lleva varios siglos cayéndose, hasta que en un mes se va a inclinar tanto como en cien años y en un solo segundo se va a ira tierra. Las ideas fueron acelerándose dentro de mí, hasta que en un momento sentí que algo que hacía tiempo crujía en mi alma, se derrumbaba estrepitosamente.
Sin tener visiones —Dios me libre de ellas—, ni oír voces, ni sentir ninguna iluminación interna, mi mente comenzó a ver claro, hasta que lo vi todo con una claridad meridiana. La falsedad de las religiones paganas me ayudó a ver claramente la falsedad de la mía. Lo absurdo de sus creencias se identificó con la absurdez de las mías. Y por otro lado, los valores profundos e innegables que también encierra el cristianismo, me ayudaron a comprender todo lo que hay de santo y de respetable en las creencias paganas de otros pueblos.
Algún buen teólogo ha dicho que el cristianismo no es un humanismo. Esa es la desgracia del cristianismo: que se ha deshumanizado. Ojalá el cristianismo se hubiera olvidado un poco de sus teorías dogmáticas y no hubiese perdido el tiempo discutiendo sobre los futuros contingentes y otros alambicamientos por el estilo; ojalá que hubiese comprendido el sentido de la frase repetida por Jesús: «Misericordia quiero y no sacrificios», que podría traducirse: «menos teorías y más obras», «menos definiciones dogmáticas y más amor al prójimo», «menos hogueras y más tolerancia», «menos maridaje con los grandes de este mundo y más preocupación por los problemas del pueblo».
Perdóname lector si he entrado en este capítulo final con un tono demasiado autobiográfico. Pero siento el irrefrenable impulso de comunicarte mi paz interna, y las muchas cosas que he tenido ocasión de descubrir, después que la intolerancia eclesiástica me dejó en la calle, libre de compromisos y con todo el tiempo disponible para poderle buscar una base racional a mis creencias.
Yo sé que mientras se es joven y sobre todo cuando se tiene buena salud, el problema del más allá es algo que suena como una tormenta lejana cuando se está a buen cobijo. Y más en estos tiempos, cuando el desprestigio de la religión ha alcanzado entre los jóvenes sus niveles más altos. Pero de otra parte, también es cierto que a medida que pasan los años, sobre todo en aquellas personas que fueron contagiadas con el virus religioso en su infancia, la preocupación hacia el más allá aumenta, llegando a convertirse en una fuente de pesadumbre en las vidas de muchos. A esta gente es a la que quisiera dirigirme especialmente.
Los que no tengan preocupación alguna acerca del más allá, o hayan encontrado algún tinglado mental para explicarse el misterio de la vida, ¡adelante!, porque su explicación no es menos válida que las retorcidas, insensatas y plúmbeas explicaciones que dan los teólogos de todas las religiones. La única gran verdad es que de lo que pasa tras esta vida nadie sabe nada. Y los que dogmatizan sobre ello, sea hablando del cielo, del infierno, de la nada o de la reencarnación, no hacen más que fabular, o repetir como loros lo que les dijo su gurú, que a su vez repetía lo que le dijo el suyo.
Pero los que temen, en virtud del veneno dogmático que de niños les inyectaron, deberían reflexionar un poco, teniendo en cuenta todo lo que han leído en los pasados capítulos.
Lo primero que tendrán que hacer será liberar su mente de toda atadura dogmática y rechazar positivamente las ideas que acerca del más allá les ha insuflado el cristianismo. Y tan importante como esto es limpiar su idea de Dios, que el cristianismo se ha dedicado a envenenar durante siglos inventándole toda suerte de calumnias. Mientras creamos en un Dios con ira, no podremos tener una idea optimista de esta vida, y menos aún de la otra.
Eso que la mayoría de los hombres llama Dios y que empequeñece de mil maneras personalizándolo y «cosificándolo», tiene que ser infinitamente mejor de como nos dice la Iglesia. Esta se ha arrogado el derecho de ser su única conocedora y representante, y es hora de que le discutamos ese derecho, del que tanto ha abusado a lo largo del tiempo.
A la luz de todo lo que hemos presentado en este libro, ¿con qué fuerza la Iglesia o la teología cristiana se atreven a hablar de nada, cuando sus obras les están negando capacidad moral para hacerlo? «Por sus frutos los conoceréis» y por sus frutos las hemos conocido.
Es cierto que también tienen frutos buenos, al igual que un enfermo tiene muchas partes de su cuerpo sanas. Pero a la Iglesia, según la idea que ella nos da de sí misma, tenemos derecho a exigirle mucho más. Tenemos derecho a exigírselo todo, en cuanto a santidad y perfección, lo mismo que ella exigía total obediencia a sus enseñanzas y mandatos, basada en que eran mandatos y enseñanzas de Dios. ¿De quién son entonces los enormes defectos que vemos en la Iglesia? ¿Serán también de Dios? Lógicamente a Él tendríamos que achacárselos, y esta es una de las malas consecuencias de manipular tanto el nombre de Dios. No se puede usar, para imponer unas cosas, y esconderlo para no hacerlo responsable de otras.
A quien no conozca la historia de la Iglesia, podrá parecerle que exageramos cuando hablamos de los malos frutos que ella ha producido en sus dos mil años de historia. Pero, tú lector, si después de las breves muestras que has leído todavía sigues pensando en la santidad y venerabilidad de la Iglesia como institución, y del cristianismo como cuerpo de doctrina, mereces seguir aprisionado en sus tentáculos, y lo primero que tendrás que hacer será aprender a indignarte.
Yo no me indigno contra las personas, cuando estas, obrando de buena fe, mantienen principios en los que no creo; ni contra los que defendiendo posiciones ideológicas que aborrezco, son al igual que lo fui yo, víctimas de errores tradicionales. Pero sí me indigno contra la institución y le hago frente, cuando veo que quiere seguir perpetuando un error del que la mayoría de sus ministros aún no han caído en la cuenta.
Me indigno cuando veo que quiere conservar sus viejos e injustos privilegios. Me indigno cuando la veo manipulando las conciencias de los débiles, tal como ha hecho por siglos, con el apoyo de los poderes públicos. Acuérdese el lector cuando, en páginas anteriores, la veíamos pedir ayuda al «brazo secular» para que le quemase a sus «herejes».
Me indigno cuando la veo exigir «tiempos iguales» en los medios de comunicación del Estado, cuando ella no concedía ni un minuto a los que discrepaban, y hasta le decía al Estado a quiénes no debería permitir hablar. Y me indigno cuando la veo exigir cínicamente «libertad de enseñanza», como si la libertad de que ella goza ahora para intoxicar las mentes de los niños, no fuese muy superior a la que ella otorgó cuando tenía poder e influencia.
Aunque parezca lo contrario, no tengo ningún resentimiento. Lo que tengo es una vieja sed de justicia que corre por las venas de miles de cristianos y excristianos a los que nunca se les ha permitido protestar de los abusos a que sus mentes y conciencias fueron sometidas. Lo que tengo es una enorme gana de gritar, en nombre de los cientos de miles de presos, de torturados y de muertos, víctimas de la intolerancia de los feroces discípulos de aquel pobre hombre que murió en la cruz. ¡Qué tortura más grande tiene que haber sido para muchos fervientes cristianos que se pudrieron en cárceles o que se abrasaron en las llamas, el no poder entender por qué los representantes de Cristo, a quien ellos amaban, se portaban de aquella manera con ellos! Seguramente, remedando a su jefe, muchos de ellos habrán repetido machaconamente en la soledad de su mazmorra o camino del cadalso: «¡Cristo! ¿Por qué me has desamparado?».
Yo recurro otra vez a mi condición de sacerdote y con todo el ímpetu de mi alma me rebelo contra los falsos pastores que a lo largo de la historia veo «apacentándose a sí mismos» y regodeándose en sus necias pompas. Me rebelo contra sus injusticias, contra sus abusos de los débiles, contra su cinismo, contra su soberbia. Y me rebelo también contra su hueca e infantil teología que no sirve para nada, como no sea para entontecer la mente o para hacer fanáticos.
La auténtica teología es la que se basa en el hombre, y está hecha por el hombre y dirigida al hombre, considerado este como criatura racional de Dios. Los teólogos, de tanto disparatar acerca de Dios, se han olvidado del hombre y lo han convertido en un guiñapo. Como su Dios es un Dios humanizado, han cometido la felonía de empequeñecer al hombre, para que su Dios luciese más grande y más fuerte. Pero el destripador de amorreos, del Pentateuco, no tiene compostura, por mucho que le echen cualidades y por mucho que acomplejen al hombre llamándole pecador por naturaleza y haciéndolo entrar en el mundo ya con un pecado a cuestas.
Contra esta estúpida y mítica teología es contra lo que me rebelo y me dan una inmensa pena los ingenuos que siguen predicándola de buena fe. Los comprendo, porque yo estuve en el mismo error y tuve la misma buena fe muchos años. Pero creo que hoy es mi obligación decir estas cosas para ayudar a muchos a salir de su letargo.
Sé de sobra que algunas personas amigas, leerán con terror estas líneas temiendo por mi eterna condenación. Las pobres no saben que es imposible condenarse cuando no hay infierno. Y me dan también pena las que con frecuencia me dicen: «¿Cómo es posible que siendo Ud. sacerdote diga semejantes cosas?». Pues las digo, y con una tranquilidad de conciencia y una alegría de espíritu muy superior a cuando tenía que hablar de las «verdades eternas» en los Ejercicios Espirituales de mi ex-Santo Padre Ignacio de Loyola.
Hoy puedo decir con toda tranquilidad que, gracias a Dios, he perdido mi fe. Mi fe en las mogigaterías que me enseñaron acerca de Él, los pobrecitos que se limitaban a repetir las mogigaterías que a ellos les habían enseñado. Pero tengo fe en el Universo, en la naturaleza, en el amor, en la vida, y en los hombres y mujeres buenos. Y tengo también fe en mí mismo, a pesar de todos los complejos que los doctrinarios cristianos me han echado arriba, de que soy pecador; de que no puedo vivir en gracia sin una ayuda especial de Dios; de que tengo que hacer o creer esto o lo otro, porque si no, me condeno; de que la muerte es la consecuencia del pecado y de que este mundo es un valle de lágrimas. Pues bien, a pesar de todas estas pamplinas teológicas, sigo creyendo en mí y sigo pensando que «tengo derecho a estar donde estoy» sin que nadie haya de venir a regalarme salvaciones ni redenciones. Nunca me he vendido a nadie y por eso no necesito que nadie me redima.
¿Qué haremos, pues, con el mito cristiano? Dejarlo tranquilo, porque él se está muriendo solito. Se está muriendo a gran velocidad en las almas de los jóvenes, aunque todavía coletea en las de los adultos, porque ya no pueden vencer la vieja adicción que arrastran desde la infancia. Pero a lo que hay que estar muy atento es a que no vuelva a rebrotar. El mismo fanatismo que en nombre de Dios cortó cabezas y encendió hogueras, es capaz todavía en nuestros tiempos, por difícil que parezca, de volver a imponer censuras y obligar de nuevo a aprender el catecismo y a ir a misa. Los fanáticos creen que Dios está siempre de su parte y por eso nunca dudan y se atreven a cualquier disparate, incluso a quitar la vida. Porque Dios es dueño de la vida y ellos trabajan para Dios.
Esa ha sido, en el fondo, la filosofía de todos los muchos atropellos contra los derechos de la gente, que la Santa Madre Iglesia ha cometido a lo largo de los siglos. Dios dueño de todo; ella representante de Dios; luego ella dueña de todo. Esta filosofía güelfa fue llevada hasta sus últimas consecuencias políticas por algunos papas. Pero hoy ya le pasó su tiempo, a no ser que seamos tan ingenuos que nos dejemos imponer de nuevo la santidad por obligación.
Nos da pena el ver la lambisconería fingida con que muchos periodistas tratan a los dignatarios eclesiásticos y la lambisconería sincera con que lo hacen muchos hombres públicos. Tanto a unos como a otros les parece que les va a ir mal si no actúan así. Les parece que pierden puntos o ante sus jefes o ante los votantes. El mito sigue teniendo fuerza.
Pero ya va siendo hora de decir claramente que a España su nacional-catolicismo le ha hecho más mal que bien. En los manuales patrioteros que estudiábamos en las escuelas en mi niñez —y ojalá no siga sucediendo lo mismo— España era el baluarte del catolicismo y el catolicismo era el alma de España. Un mito más con el que nos emponzoñaron el alma por un buen tiempo. Sin embargo, la descarnada verdad es que, por culpa del catolicismo, España perdió en buena parte el tren del progreso. Nuestro integrismo nos hizo tomar la religión con demasiado ahínco, y en ella gastamos lo mejor de nuestras energías. Si nuestro catolicismo no hubiese sido tan cerril, no nos hubiésemos enzarzado en aquella salvajada digna de la Edad Media que se llamó Alzamiento Nacional. De ninguna manera disculpo las quemas de conventos, etc., que le precedieron, pero tampoco se puede disculpar el abandono de todo tipo en que estaban aquellos fanáticos incendiarios, después de siglos de cristianos gobiernos de «orden y de ley».
Los pueblos europeos que obligadamente han tenido que practicar la convivencia entre diversos credos, aprendieron antes que nosotros, aunque también a fuerza de mucha sangre en siglos pasados, las ventajas de la tolerancia. Nuestro «catolicismo monolítico» nos perjudicó porque nos hizo intolerantes; y así, con este grave defecto, entramos en el siglo XX. Para colmo de males, los cuarenta años franco-católicos, con su castración mental, nos dejaron a la retaguardia de las naciones evolucionadas. Hoy, triste es decirlo, en las bibliografías de los libros de avanzada, apenas si se puede ver algún apellido español.
Pero lo curioso es que ni en teología descollamos. Nuestra fidelidad a la doctrina, nos ha hecho anclarnos en el Concilio de Trento y en el Syllabus. El «que inventen ellos», los teólogos lo han traducido: «que sean ellos los que modernicen la fe: ¡nosotros firmes!».
Si las jerarquías eclesiásticas se hubiesen preocupado más de enseñar a leer a los pobres y de ayudarles a buscarse su sustento y les hubiesen dicho a los ricos y a los políticos cuáles eran sus graves obligaciones con su dinero y su poder, y por otra parte se hubiesen preocupado menos de colaborar con el «Movimiento», la Iglesia hubiese cumplido mejor lo que Cristo le dejó dicho en el evangelio. En los últimos cuarenta años los españoles han estado hambrientos de justicia, y la jerarquía lo único que les dio fue catecismo.
Y a los que me digan que aquella no era misión de la Iglesia, les diré que tampoco era su misión el hacer guerras, ni quemar mujeres, ni construir palacios y sin embargo ha hecho las tres cosas en abundancia. Pero por otro lado les recordaré las palabras de su jefe: «Venid a mí… porque tuve hambre y me disteis de comer y tuve sed y me disteis de beber» (Mt. 25,35).
¡Cómo le pesan ya a la Iglesia sobre las espaldas, sus dos mil años de edad! ¡Cuánta ceguera, cuánta decrepitud, cuánta falta de elasticidad! ¡Y cuánto fariseísmo!
Todo esto que estoy diciendo de la Iglesia católica, se le puede aplicar de la misma manera al cristianismo en general. Sus odios internos y sus divisiones milenarias dan al traste con toda su credibilidad. ¿Quién puede creer en una religión que predicando el amor no es capaz de hacer que sus propios creyentes se amen? Y ¿quién puede creer en una religión que predicando la paz tiene su historia entretejida de guerras? Y ¿quién puede creer en una religión que predicando el respeto a la persona humana, ha obligado a creer, y ha destruido docenas de culturas? Y ¿quién puede creer en una religión que después de decir «no matarás» tiene sus entrañas llenas de cadáveres?
Al mito cristiano se le ven las orejas. Sus innegables paralelos con muchos otros mitos nos hicieron sospechar que los arquetipos seguidos por el cristianismo, eran los mismos que los seguidos por otras religiones. Pero cuando nos asomamos a su historia y nos encontramos con las mismas contradicciones, con los mismos errores y con las mismas barbaridades que vemos en las historias de los «reinos de este mundo», nos convencemos de que estamos ante algo totalmente humano, aunque sus seguidores y sus fundadores hayan pensado que es completamente divino.
«Digitus Dei non est hic»: Aquí no hay nada de divino. Aquí hay muchos dedos, y muchas manos y muchas mentes humanas construyendo a lo largo de los siglos esta mastodóntica institución llamada Iglesia cristiana, que en este momento amenaza ruina por todas partes.
¿Merece la pena proclamar fidelidad a una institución así? Por otro lado, ¿merece la pena el tomarse el trabajo de abjurar de una fe mítica, basada en las fabulaciones de unos cuantos doctrinarios? Creo que ninguna de las dos cosas merece la pena.
Lo que sí merece la pena es vivir racionalmente, pensando que este bello planeta en que habitamos, tan amenazado por banqueros, políticos, militares e industriales irresponsables, es nuestro hogar, susceptible de ser perfeccionado y convertido en un paraíso.
Lo que sí merece la pena es vivir con optimismo, en buena armonía con todos y disfrutando de las muchas cosas buenas que pueden estar a nuestro alcance, si en vez de hacernos la guerra, trabajamos por mejorar nuestra vidas. Gozar no es pecado, contrariamente a la subconsciente filosofía trágica de la vida que el cristianismo nos ha infiltrado. Gozar de la vida es una obligación que todo ser racional tiene, o de lo contrario, no tendría razón de ser toda la cantidad de cosas bellas que en ella podemos encontrar. Que sufran los fanáticos masoquistas que se empeñan en seguir credos absurdos dictados por algún visionario demente o manipulado por sabe Dios quién.
Digamos que no, a todos los mitos religiosos, por muy arropados de divinidad que se nos presenten. Digamos que no, específicamente, al mito cristiano que tanto daño nos ha hecho y que tanto nos ha impedido progresar. Abramos nuestra mente al Universo, al bien, a la justicia, al amor y a la belleza. Esta tiene que ser en el futuro la única religión de los seres humanos realmente racionales.
SALVADOR FREIXEDO nació en Carballino (Orense, España), en 1923, en el seno de una familia profundamente religiosa (su hermano era jesuita y su hermana era monja), a los cinco años su familia se traslada a Ourense, y es aquí donde comenzaron sus primeros estudios, haciendo párvulos en las monjas de San Vicente Paúl y bachillerato en el Instituto Otero Pedrayo. A los 16 años ingresa en la Orden de los Jesuitas siendo ordenado sacerdote en 1953, en Santander (España), perteneciendo a dicha orden treinta años. Comenzó a residir en diversos países de América desde 1947 ejerciendo sus labores como jesuita, enseñando Historia de la Iglesia en el Seminario Interdiocesano de Santo Domingo (República Dominicana), y fundando el Movimiento de la Juventud Obrera Cristiana en San Juan de Puerto Rico siendo viceasesor nacional del mismo en La Habana (Cuba).
Cursó estudios de humanidades en Salamanca, de filosofía en la Universidad de Comillas (Santander, España), de teología en el Alma College de San Francisco (California), de ascética en el Mont Laurier (Quebec, Canadá), de psicología en la Universidad de Los Angeles (California) y en la Universidad de Fordham de Nueva York.
Desde la década de 1950 su posición crítica con las posturas de la Iglesia católica y la publicación de algunos libros le condujeron a la cárcel y a la expulsión de países como Cuba y Venezuela, así como a su exclusión de la Orden de los Jesuitas en 1969.
SALVADOR FREIXEDO nació en Carballino (Orense, España), en 1923, en el seno de una familia profundamente religiosa (su hermano era jesuita y su hermana era monja), a los cinco años su familia se traslada a Ourense, y es aquí donde comenzaron sus primeros estudios, haciendo párvulos en las monjas de San Vicente Paúl y bachillerato en el Instituto Otero Pedrayo. A los 16 años ingresa en la Orden de los Jesuitas siendo ordenado sacerdote en 1953, en Santander (España), perteneciendo a dicha orden treinta años. Comenzó a residir en diversos países de América desde 1947 ejerciendo sus labores como jesuita, enseñando Historia de la Iglesia en el Seminario Interdiocesano de Santo Domingo (República Dominicana), y fundando el Movimiento de la Juventud Obrera Cristiana en San Juan de Puerto Rico siendo viceasesor nacional del mismo en La Habana (Cuba).
Cursó estudios de humanidades en Salamanca, de filosofía en la Universidad de Comillas (Santander, España), de teología en el Alma College de San Francisco (California), de ascética en el Mont Laurier (Quebec, Canadá), de psicología en la Universidad de Los Angeles (California) y en la Universidad de Fordham de Nueva York.
Desde la década de 1950 su posición crítica con las posturas de la Iglesia católica y la publicación de algunos libros le condujeron a la cárcel y a la expulsión de países como Cuba y Venezuela, así como a su exclusión de la Orden de los Jesuitas en 1969.
Desde los años 1970 se ha dedicado a la investigación en el campo de la parapsicología, en especial del fenómeno ovni, y su relación con el fenómeno religioso y con la historia humana, habiendo publicado diversos libros al respecto, y fundando el Instituto Mexicano de Estudios del Fenómeno Paranormal, del cual presidió el Primer Gran Congreso Internacional organizado por dicha institución.
El error de Jesús
A comienzos del cristianismo apenas hay falsificaciones, suponiendo que Jesús de Nazaret sea histórico y no el mito de un dios transportado al ser humano. Sin embargo, se presupone aquí la historicidad, pues es —prescindiendo de algunas excepciones— la communis opinio del siglo XX: pero ninguna demostración. Tan gratuitas como desfachatadas son las cientos de tonterías apologéticas en circulación, como la del jesuita F. X. Brors (con imprimátur): «Pero ¿dónde se encuentra en algún sitio una personalidad cuya existencia esté tan garantizada históricamente como la persona de Cristo? Podemos entonces mitificar también a un Cicerón, un César, incluso a Federico el Grande y a un Napoleón: más garantizada que la existencia de Cristo no es la suya»[118].
Por el contrario, lo que está claro es que no hay ningún testimonio demostrativo de la existencia histórica de Cristo en la llamada literatura profana. Cada uno de estos testimonios no tiene más valor que el dato ocasional de la altura de Cristo de 189 cm y la de María de 186 cm. Todas las restantes fuentes extracristianas no dicen nada sobre Jesús: Suetonio y Plinio el Joven por parte romana, Filón y, especialmente importante, Justus de Tiberiades por la judía. O no les toman en consideración, como los Testimonia de Tácito y Flavio Josefo, lo que admiten hoy incluso muchos teólogos católicos. Incluso un reputado católico como Romano Guardini sabía por qué escribía: «El Nuevo Testamento constituye la única fuente que informa sobre Jesús»[119].
Por cuanto atañe al juicio que merecen Nuevo Testamento y su fiabilidad, la teología histórica crítica lo ha mostrado de una manera tan amplia como precisa, y con un resultado en gran medida negativo. Pero según los teólogos cristianos críticos los libros bíblicos «no están interesados en la historia» (M. Dibelius), «son sólo una colección de anécdotas» (M. Wemer), «deben utilizarse sólo con extrema cautela» (M. Goguel), están llenos de «leyendas religiosas» (Von Soden), «historias de devociones y entretenimiento» (C. Schneider), llenos de propaganda, apologismo, polémica, ideas tendenciosas. En resumen, aquí todo es la fe, la historia no es nada[120].
Esto es válido también, precisamente, para las fuentes que nos hablan casi de modo exclusivo de la vida y la doctrina del nazareno, los Evangelios. Todos los relatos de la vida de Jesús son, como escribió su mejor conocedor, Albert Schweitzer, «construcciones hipotéticas». Y en consecuencia, también la moderna teología cristiana, toda aquella que se muestra crítica y no está aferrada al dogmatismo, pone en tela de juicio de modo general la credibilidad histórica de los Evangelios, llegando por unanimidad a la conclusión que de la vida de Jesús no se puede averiguar prácticamente nada, que también las noticias sobre su doctrina son secundarias, por lo que los Evangelios no reflejan en modo alguno la historia sino la fe: la teología común, la fantasía común de finales del siglo I[121].
Por tanto (!) en los comienzos del cristianismo no hay ni historia ni falsificación; pero como punto central, como su auténtico motivo: el error. Y este error se remonta nada menos que a Jesús.
Sabemos que el Jesús de la Biblia, especialmente el sinóptico, se encuentra plenamente dentro de la tradición judía. Es mucho más judío que cristiano; por lo demás, también a los miembros de la comunidad primitiva se les llamaba «hebreos»; sólo la investigación más reciente les llama «judeocristianos». Pero su vida apenas se diferencia de la de los restantes judíos. Consideraban también como preceptivas las Escrituras Sagradas judías y siguieron siendo miembros de la sinagoga durante muchas generaciones. Jesús propagaba una misión sólo entre judíos. Estaba fuertemente influenciado por la apocalíptica judía. Y esta, en especial la tradición apocalíptico-enoquítica, influyó poderosamente sobre el cristianismo. No en vano Bultmann titula un estudio Ist die Apokalyptik die Mutter der christiichen Theologie? (¿Es la apocalíptica la madre de la teología cristiana?). En cualquier caso, el Nuevo Testamento está plagado de ideas apocalípticas. Delata en todos sus pasos esa influencia. «No puede haber duda de que fue un judaísmo apocalíptico en el que la fe cristiana adquirió su primera y básica forma» (Cornfeld/Botterweck)[122].
Pero el germen de esta fe es el error de Jesús acerca del fin inminente del mundo. Esas creencias eran frecuentes. Tampoco significaban siempre que el mundo fuera a finalizar, sino quizá el comienzo de un nuevo período. Ideas similares se conocían en Irán, en Babilonia, Asiría, Egipto, y los judíos las tomaron del paganismo, las incorporaron en el Antiguo Testamento como la idea del Mesías. Jesús fue uno de los muchos profetas, anunció, como los Apocalipsis judíos, los esenios, Juan el Bautista, que su generación era la última; predicó que el tiempo presente se había acabado y que algunos de sus discípulos «no probarían la muerte, hasta ver llegar con fuerza el reino de Dios»; que no acabarían con la misión en Israel «hasta que llegue el Hijo del Hombre»; que el juicio final de Dios tendría lugar «en esta misma generación»; que no cesaría «hasta que no haya sucedido todo esto»[123].
Aunque todo esto estuvo en la Biblia durante un milenio y medio, Hermann Samuel Reimarus, el orientalista hamburgués fallecido en 1768, fue el primero en reconocer el error de Jesús, publicando más tarde Lessing partes del amplio trabajo de este erudito, que ocupaba más de 1,400 páginas. Pero hasta comienzos del siglo XX el teólogo Johannes Weiss no mostró el descubrimiento de Reimarus, desarrollándolo el teólogo Albert Schweitzer. El reconocimiento del error fundamental de Jesús se considera el acto copernicano de la teología moderna y lo defienden de modo general sus representantes críticos de la historia y adogmáticos. Para el teólogo Bultmann no hace falta «decir que Jesús se equivocó en la espera del fin del mundo». Y según el teólogo Heiler «ningún investigador serio discute la firme convicción de Jesús en la rápida llegada del juicio final y del fin […]»[124].
Precursor de los falsificadores
Pero no sólo Jesús se equivocó sino también toda la cristiandad, ya que, como admite un garante nada sospechoso, el arzobispo de Friburgo Conrad Gróber (miembro promotor de las SS), «se contemplaba el regreso del Señor como inminente, tal como atestiguan no sólo diversos pasajes en las epístolas de san Pablo, san Pedro y Santiago y en el Apocalipsis, sino también la literatura de los Padres apostólicos y la vida proto-cristiana»[125].
Maraña tha («Ven, Señor») era la rogativa de los primeros cristianos. Pero a medida que transcurría el tiempo sin que viniese el Señor, cuando las dudas, la resignación, las burlas, el ridículo y la discordia fueron en aumento, hubo que suavizar paulatinamente el radicalismo de las afirmaciones de Jesús. Y finalmente, tras decenios, siglos, al no llegar el Señor sino la Iglesia, esta convirtió lo que en Jesús era esperanza lejana, su idea del Reino de Dios en la idea de la Iglesia y a las más antiguas creencias cristianas ella las sustituyó por el Reino de los Cielos: una inversión total, en el fondo una gigantesca falsificación, desde luego, dentro del cristianismo dogmáticamente la mayor[126].
La creencia en la proximidad del fin condicionó de manera decisiva la aparición posterior de los escritos proto-cristianos: primero en la segunda mitad del siglo I y en el curso del II. Jesús y sus discípulos, que no esperaban ningún más allá, ningún estado de bienaventuranza trascendental, sino la inmediata intervención de Dios desde el cielo y un cambio total de todas las cosas en la Tierra, no tenían naturalmente ningún interés en apuntes, escritos o libros, para cuya redacción no estaban además capacitados.
Y cuando se comenzó a escribir, desde el principio fueron suavizándose las profecías de Jesús de un final del mundo tan cercano. Los cristianos no vivieron ese final y de este modo surgen después en toda su literatura antigua las cuestiones, se propaga el escepticismo, la indignación. «¿Dónde está, pues, su anunciada segunda venida?», se dice en la segunda epístola de Pedro. «Desde que murieron los padres, todo está como ha sido desde el comienzo de la creación». Y también en la primera epístola de Clemente surge la queja: «esto ya lo hemos oído también en los días de nuestros padres, y mira, hemos envejecido y nada de eso nos ha pasado»[127].
Voces de ese estilo se levantan poco después de la muerte de Jesús. Y se multiplican en el curso de los siglos. Así reacciona ya el autor cristiano más antiguo, el apóstol de los pueblos Pablo. Si primero explicó a los corintos que el plazo «se había fijado corto» y el «mundo se dirige al ocaso», «no todos moriremos, pero todos nos transformaremos» más tarde espiritualizó la fe en el tiempo final que de año en año se hacía más sospechosa. Hizo asumir internamente a los fieles la gran renovación del mundo, el anhelado cambio de eones, mediante la muerte y la resurrección de Jesús. En lugar de la predicación del reino de Dios, en lugar de la promesa de que este reino pronto despuntaría en la Tierra, Pablo introduce ideas individualistas del más allá, la vita aeterna. ¡Ya no viene Cristo al mundo sino que el cristiano creyente va hacia él en el cielo! También los evangelistas que escriben más tarde suavizan las profecías de Jesús sobre el fin del mundo y hacen correcciones en el sentido de un aplazamiento; el que más lejos va es Lucas, sustituyendo la creencia en la esperanza próxima por una historia de salvación divina con estadios previos y escalones intermedios[128].
Karlheinz Deschner
Historia criminal del cristianismo. La Iglesia antigua (I)
Falsificaciones y engaños
Historia criminal del cristianismo - 04
El fraude de la «demostración de las profecías» cristianas
Lo mismo que los milagros, tampoco las profecías constituían nada nuevo sino más bien un viejo conocido desde la Antigüedad. Con Augusto había ya tantos libros de profecías, que el emperador hizo quemar dos mil que no estaban debidamente autorizados. Las profecías las transmitieron Buda, Pitágoras, Sócrates, las defendieron los estoicos, los neopitagóricos, los neoplatónicos, y hombres como Plinio el Viejo o Cicerón, que no creían en los milagros. Los paganos las valoraban mucho más que a los milagros[27].
Con los milagros no se podía impresionar al mundo judío ni al grecorromano. Lo milagroso abundaba, era normal, casi cotidiano, la creencia en los milagros casi infinita. También los adversarios de los cristianos creyeron en sus milagros, aunque dando por probado que sucedieron con ayuda de los demonios. Los hechos de Jesús los consideraban los judíos como magia y los atribuían al diablo. Por ese motivo, los cristianos necesitaban un criterio que por así decirlo apoyara sus milagros, los legitimizara, y este criterio fue la demostración de las profecías, el interés principal de sus interpretaciones escritas. Sólo en relación con ellas los milagros adquirían un peso especial. La demostración de las profecías, como demuestran los tratados del Pseudo-Bernabé, Justino, Ireneo, Orígenes y otros, tenía más valor que los milagros, si bien hay también escritores cristianos antiguos tales como Melito de Sardes, Hipólito, Novaciano, Victorino de Pettau y el propio Orígenes, para los que los milagros del Señor son la mejor demostración de su divinidad[28].
Así es como vuelve a considerarse hoy, puesto que desde el desenmascaramiento de la demostración de las profecías se ha preferido insistir sobre los milagros. Aunque el catolicismo sigue viendo en los milagros y la profecía la divinidad de Jesús, en especial el primero es ahora teológicamente signo de la revelación y motivo de su credibilidad. La teología católica hace recaer sobre el milagro «especial peso como criterio objetivo» (Fríes)[29].
Pablo, el autor cristiano más antiguo, utiliza ya la muletilla «según las Escrituras» (1 Cor. 15, 3). Para Pablo, la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús, la obra completa de la redención, el Evangelio, están documentados en el Antiguo Testamento. También el Evangelio más antiguo, el de Marcos —y todavía más y con mayor frecuencia, el de Mateo—, muestra insistentemente cómo se puede deducir de los libros sagrados de los judíos todos los detalles de la vida de Jesús, cómo todo puede verse predicho. Los cristianos investigaron sistemáticamente estos escritos, han completado todos los huecos en la tradición de la vida de Jesús con ayuda del Antiguo Testamento y mucho de lo que allí había lo han referido a él. Clemente Alejandrino afirma: «Pero nosotros consultamos los libros de los profetas que se encuentran en nuestro poder, que en parte mediante parábolas, en parte con adivinanzas, en parte de modo seguro y expreso citan a Jesucristo, y encontramos su venida y la muerte y la cruz y todos los restantes tormentos que le hicieron los judíos, y la resurrección y descubrimos esto, llegamos a la fe en Dios a través de lo que sobre él se ha escrito […]. Pues hemos descubierto que Dios realmente lo ha dispuesto, y no decimos nada sin escritura»[30].
Pero no sólo en los Evangelios, no sólo en el Nuevo Testamento, sino que más allá amplían los cristianos la demostración de las profecías, como en la carta de Bernabé, que reconoce en los 318 siervos de Abraham la muerte en la cruz de Jesús, hasta Gregorio I Magno, que interpreta los siete hijos de Job como los doce apóstoles. En particular con Justino, el defensor del cristianismo más importante de su tiempo, la demostración a partir de los milagros pasa a un completo segundo término, sobre todo porque las profecías supuestamente cumplidas con Cristo son las que sin duda mejor legitiman las reivindicaciones cristianas al Antiguo Testamento.
Pero cuando no se encontraban sentencias «convincentes» de los profetas, se las falsificaba en las tan apreciadas «revisiones» de los textos judíos. Fue necesario sobre todo en el caso del nacimiento de Jesús a partir de una virgen. Así, en los Hechos de Pedro falsificados aparecen las presuntas palabras de un profeta: «En los últimos tiempos nacerá un niño del Espíritu Santo; su madre no conoció varón, ni hay varón alguno que afirme ser su padre» y «No ha nacido de la matriz de una mujer, sino que ha descendido de un lugar celeste». Harnack llama a estas profecías «burdas falsificaciones cristianas». No se las encuentra en ningún lugar del Antiguo Testamento, ni tampoco en las sentencias que posteriormente se atribuyeron, por ejemplo, a Salomón o a Ezequiel[31].
Los milagros de Jesús tenían por sí solos, como se ha dicho, poco poder demostrativo. Apenas se les discutió, pero se les atribuyó a los poderes mágicos del galileo. Eran cosas harto conocidas en multitud de taumaturgos. Sólo cuando se unen a las profecías, esos milagros de Jesús adquieren importancia. Nada menos que san Ireneo los basó en ellas. La Iglesia antigua gustaba de ver confirmada la autenticidad de los milagros mediante los vaticinios. Así lo habían predicho, por tanto fueron verdad. De este modo, las presuntas profecías se convirtieron en el medio principal del apostolado cristiano y sirvieron, según atestigua Orígenes, «como la demostración más importante» de la verdad de su doctrina. Citaba «miles de pasajes» en los que los profetas hablan de Cristo. Y realmente, en el Nuevo Testamento hay cerca de doscientas cincuenta citas del Antiguo y más de novecientas alusiones indirectas. Pues los evangelistas habían tomado de allí muchos hechos hipotéticos de la vida de Jesús y los habían incorporado conscientemente a su historia; todo el mundo podía leerla con facilidad, percibiéndola como «cumplimiento»[32].
Pero ¿por qué hicieron estos cristianos que Jesús muriera «según la Escritura»? Porque sólo de este modo pueden disimular el fracaso de sus obras, sólo así podían contrarrestar la burla del mundo sobre el Mesías crucificado. Jesús tenía que morir según la «Escritura», estaba previsto. Y el mundo tenía que saberlo, tenía que convencerse. Ergo, se puso en circulación en citas, en alusiones indirectas, todo lo ignominioso, la traición, la huida de los discípulos, el escándalo de la pasión, la muerte en la cruz como cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. La cobarde conducta de los discípulos se prevé en Zacarías 13, 7; el soborno («treinta monedas de plata») para la traición de Judas según Zacarías 11, 12; la restitución de este dinero según Zacarías 11, 13; la compra del campo del alfarero según Jeremías 32, 6; la palabra de Jesús ante el gran consejo acerca de que estará sentado a la diestra del poder y de su aparición sobre las nubes, según Daniel 7, 13, y el salmo 110, 1; sus palabras «Tengo sed» según el salmo 22, 16; su empapamiento con vinagre según el salmo 69, 22; su grito del abandono de Dios según el salmo 22, 2; el eclipse de Sol —al menos en Pascua (Luna llena) astronómicamente imposible— según Amos 8, 9, etc.[33]
Resultó difícil demostrar en particular la «profecía» de la crucifixión en el Antiguo Testamento, aunque allí diga: «Pues quien cuelga en la madera, está maldito por Dios» (5 Mos. 21, 23). Y este «vaticinio» era muy importante. Con ello, los primeros cristianos cayeron en las combinaciones más absurdas, como ya he mostrado en otro lugar. Pero el principal ejemplo para la historia de la pasión evangélica la proporcionó, junto a los testimonios de los salmos 22 y 69, sobre todo el falso capítulo 53 de Isaías[34].
El elemento grotesco de estas «profecías» es que los profetas lo escribieron varios siglos antes, pero no en futuro sino en pasado. Por lo tanto todo esto ya había sucedido, un fenómeno realmente maravilloso. Y las predicciones relativas a la pasión de Cristo las desenmascaró ya Celso como inventadas a posteriori. Marcos, el evangelista más antiguo, cuando varias décadas después de la presunta crucifixión de Jesús escribió su Evangelio, pudo profetizar su muerte con todo género de detalles. En resumen, con el teólogo Hirsch «La fuerza demostrativa de las profecías es ya un asunto zanjado para todos nosotros. Sabemos que es nula»[35].
Naturalmente que, dejando a un lado las excepciones, esto lo sabemos también de los milagros, con lo que nos dedicaremos a los llamados apócrifos.
Karlheinz Deschner
Historia criminal del cristianismo. La Iglesia antigua (I)
Falsificaciones y engaños
Historia criminal del cristianismo - 04
Título original: Kriminalgeschichte des Christentums. Die Alte Kirche (I)
Karlheinz Deschner, 1990
LA DIOSA MADRE
El primer ámbito sagrado de la época primitiva está probablemente allí donde las mujeres han dado a luz.
ERICH NEUMANN [1]
Para aquellos que tienen un verdadero conocimiento de las cosas divinas, nada hay más excelso que la Madre.
Un poeta griego del siglo IV
La sexualidad no se agota en lo fisiológico. Tampoco es simplemente una parte de nuestra existencia, sino que la impregna por completo. Acompaña al ser humano, como escribe un teólogo cristiano, desde la cuna hasta el último aliento. «Si se pudiera dibujar una curva sexual de la vida, sería el fiel reflejo de la vida misma»[2].
El significado fundamental del sexo se expresa en las creencias de todos los pueblos, originalmente de forma siempre positiva.
Las madres primordiales
En la época prehistórica, cuando la humanidad era pequeña, la duración de la vida corta, y la mortalidad infantil grande, la capacidad reproductora de la mujer fue la principal oportunidad de supervivencia para el clan, la horda o la estirpe. Se recelaba, no obstante, de la fertilidad femenina, no reconocida aún como una consecuencia del apareamiento, sino como la intervención de un poder numinoso, lo que otorgó a la mujer una especial significación, un carácter mágico. Ella era un misterio primordial[3]. El padre, por el contrario, seguía siendo desconocido; tanto como el dios padre. («Mater semper certa, pater semper incertus» llega a decir todavía el derecho romano).
Así que no es casualidad que las más antiguas estatuillas del paleolítico llegadas hasta nosotros sean en su mayor parte representaciones femeninas, madres primordiales o ídolos de fertilidad, como acepta la mayoría de los investigadores, y no obscenidades del período glacial. Casi sin excepción son mujeres mayores, figuras maternas. Todo lo individual, y en especial el rostro, está disimulado, pero los caracteres sexuales (pechos, vientre, genitales), en cambio, están resaltados de tal modo que aparecen como «lo único real». Todas en un avanzado estado de gestación, son evidentemente materializaciones de la energía —primordial, alumbradora y reproductora— de la mujer, tempranas precursoras de las diosas madres[4].
Si el matriarcado es más antiguo que el patriarcado, como la investigación confirma cada vez con más fuerza, el culto de la Gran Diosa Madre precede con toda probabilidad al del Dios Padre; su anterioridad está repetidamente atestiguada desde Grecia hasta México. Asimismo, la relación social humana más antigua debe de ser la de madre e hijo. La madre sirve de nexo en la familia primitiva, vela y da a luz. Así se convierte en representante de la Madre Tierra, de la Madre Luna, de la Gran Madre[5].
Esta adoración de la Gran Hembra se había visto favorecida por el desarrollo económico de la edad glacial tardía y por la sedentarización provisional de los cazadores de Eurasia central. En esas condiciones, la cabeza femenina de todo el linaje no sólo garantizaba la supervivencia del clan, sino que también se ocupaba de la alimentación y el vestido y, en tanto era la figura central del hogar común, incluso estrechaba los lazos existentes entre los moradores. Cuando aquel sedentarismo termina, desaparecen con él las esculturas femeninas.
Ahora bien, en el Neolítico, cuando paulatinamente comienzan a encontrarse imágenes gráficas y símbolos masculinos de fertilidad, hay, más o menos desde el quinto o el cuarto milenio, una gran cantidad de estatuillas femeninas. Las más antiguas proceden de Asia Occidental, especialmente de los alrededores de los templos. La cabeza apenas está insinuada y, por el contrario, los distintivos sexuales (pechos, vientre y vulva), están de nuevo fuertemente acentuados. Además, la mayoría aparecen representadas en los prolegómenos del alumbramiento, esto es, en cuclillas: como se da a luz en el Oriente Próximo, todavía en la actualidad. En aquel tiempo, las figuras de este tipo son producidas en serie y vendidas a los visitantes de los templos. También en el sudeste europeo surgen figuras femeninas de culto que debían de pertenecer a diversos ajuares. Las hay, en fin, en toda Europa: en España, en Francia, en Irlanda y también en el Nordeste.
La mujer: «La continuación de la tierra»
De esta manera, con el tiempo, se va formando la idea de una madre divina, sobre todo en las regiones de colonización agraria[6]. Su religión se relaciona estrechamente con la revolución económica que supusieron los primeros cultivos, una forma agraria de economía y de existencia que se origina en Asia muchos milenios antes de Cristo y que proporciona de nuevo a la mujer una creciente consideración. En efecto, como centro del clan y dispensadora de alimento (¡el hogar fue también el primer altar!), como administradora de las provisiones, productora de recipientes y vestidos, en suma, como creadora de los fundamentos de la cultura humana, muchas veces consigue un prestigio extraordinario, caracterizado, desde el punto de vista jurídico, por el derecho materno y la sucesión matrilineal y, desde el punto de vista religioso, precisamente por las diosas madres. Y es que cuando la humanidad se vincula al suelo y a la propiedad el significado de la descendencia aumenta y, con la fertilidad de la mujer, también aumenta la significación del suelo que ella trabaja y con el que el hombre la equipara sin reservas en el plano místico, creyendo en una correlación de la función reproductora de ambos[7].
La tierra, seno materno de todo lo viviente, pensada desde siempre como diosa maternal, es «la figura divina más antigua, la más venerada, y también la más misteriosa» o, como Sófocles dice, «la más excelsa entre los dioses». Según las más antiguas creencias griegas, todo lo que crece y fluye procede de ella, incluso los hombres y los dioses. En Grecia, una serie de cultos ampliamente extendidos estuvieron dedicados a la Tierra como madre absoluta, gran diosa de la más antigua religión helena; en Olimpia precedió a Zeus, en Delfos a Apolo, en Esparta y Tegea hubo altares consagrados a ella. Hasta en el más antiguo escrito sagrado de la India se lee ya la expresión «Madre Tierra»[8].
Y en las culturas matriarcales se equipara a la Tierra con la mujer, pues la vida surge de ambos cuerpos, el linaje sobrevive mediante las dos. En la mujer se encaman la fuerza germinal y la fertilidad de la naturaleza, y la naturaleza regala vida en analogía con la mujer cuando pare. Los hijos y las cosechas aparecen como dones sobrenaturales, productos de un poder mágico. Hasta la época moderna, la mujer ha estado más estrechamente relacionada que el hombre con las fiestas de la fertilidad y los ritos agrícolas. «Respecto a la Tierra, el hombre es lo extraño, la mujer, lo autóctono (…) Ella es la continuación de la Tierra». Son palabras todavía empleadas por el físico romántico Johann Wilheim Ritter[9].
El ídolo humano más antiguo
En la primera época de la cultura agraria, aparecen por todas partes las divinidades femeninas, en las que se adora el secreto de la fertilidad, el ciclo eterno de la sucesión y la extinción. En toda la región mediterránea, en todo el Oriente Próximo, e incluso en la religión india anterior a los arios, se celebran fiestas de diosas de la fertilidad y de la maternidad; todas eclipsadas por la Gran Madre, creadora de toda vida que, aunque ya antes fuera imaginada como una joven, podrá ser festejada en Canaán, casi al mismo tiempo, como «doncella» y «abuela de todos los pueblos».
Para adorarla, los hombres erigen un templo tras otro, la representan de mil formas, en estatuas monumentales, en pequeños ídolos, mayestática, vital, con caderas pronunciadas y vulva sobresaliente, aunque también como una esbelta vampiresa, demoníaca, con grandes ojos y mirada enigmática. De pie o desde su trono, amamanta al hijo divino, irradia energía y fuerza, el sacrum sexuale. Sentada y abierta de piernas, muestra su sexo (con los otros dioses tendidos a sus pies). Aprieta sus pechos exuberantes, bendice, agita símbolos de fertilidad: tallos de azucena, gavillas de cereal o serpientes. Levanta un cuenco del cual fluye el agua de la vida, y los pliegues de su vestido rebosan de frutos.
Tenemos testimonios de ella como diosa principal hacia el 3200 a. C. La conoce ya la religión sumeria, la más antigua de la que sepamos algo: «en aquel tiempo, ni siquiera se hacía mención de un Padre Absoluto»[10]. Su imagen se encuentra en el arca sagrada de Uruk, ciudad mesopotámica cuyos orígenes se remontan a la prehistoria. La adoran en Nínive, Babilonia, Assur y Menfis. La podemos descubrir también en la forma de la india Mahadevi (gran diosa); la vemos en innumerables matres o matrae —las diosas madres de los celtas, cubiertas de flores, frutos, cuernos de la abundancia o niños— y, no en último lugar, la podemos identificar en Egipto bajo los rasgos de Isis, el modelo casi exacto de la María cristiana.
Su aspecto cambia; entra en escena unas veces como madre o como «virgen» y «embarazada inmaculada» o como diosa del combate, a caballo y con armas, y, por supuesto, bajo diferentes formas animales, por ejemplo en la figura de un pez, una yegua o una vaca. E igualmente cambian sus nombres. Los súmenos la llaman Inanna, los kurritas Sauska, los asirios Militta, los babilonios Istar, los sirios Atargatis, los fenicios Astarté; los escritos del Antiguo Testamento la denominan Asera, Anat o Baalat (la compañera de Baal), los frigios Cibeles, los griegos Gaya, Rhea o Afrodita, los romanos Magna Mater. El emperador Augusto reconstruyó en el Palatino sus templos, destruidos por el fuego, y el propio emperador Juliano abogó por ella. Adorada desde la época prehistórica, su imagen es «el ídolo más antiguo de la humanidad» y la característica más constante de los testimonios arqueológicos en todo el mundo.
La Gran Madre, que aparece en montañas y bosques o junto a ciertas fuentes, cuya fuerza vital y bendiciones se sienten de año en año, es la guardiana del mundo vegetal, de la tierra fructífera, la idea misma de la belleza, del amor sensual, de la sexualidad desbordante, señora también de los animales. Los más sagrados son, para ella, las palomas, los peces y las serpientes: la paloma es una antigua imagen de la vida, probablemente ya en el Neolítico; el pez, un típico símbolo del pene y la fertilidad; y la serpiente, a causa de su similitud con el falo, también es un animal sexual, que expresa la generación y la fuerza. (En el cristianismo, tan dado a invertir valores, la paloma representar al Espíritu Santo, el pez se convertirá en el símbolo de la eucaristía —la palabra griega «ichthys» forma un anagrama del nombre «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador» [Jesús Christos Theou Hyios Soter]—; y la serpiente personificará lo negativo desde el primer libro de la Biblia, siendo rebajada a símbolo del Mal, que se deslizará furtivamente junto a los zócalos o entre las columnas de las iglesias medievales)[11].
La Gran Madre, sin embargo, no está ligada sólo con la tierra, con lo telúrico. Su destello se extiende —ya entre los sumerios— «por la ladera del Cielo» es «Señora del Cielo» diosa de la estrella Istar, la Estrella de la Mañana y el Atardecer, con la que es identificada hacia el 2000 a. C.; es Belti, como también la denominan los babilonios, es decir, literalmente, «Nuestra Señora»; es, según Apuleyo, «señora y madre de todas las cosas» la santa, clemente y misericordiosa, la virgen, una diosa que, sin quedar embarazada, da a luz.
Y, de acuerdo con los testimonios más antiguos, accede al Mundo Inferior, donde toda vida terrena se extingue, hasta que la rescata de nuevo el dios Ea, señor, entre los sumerios y los babilonios, de las profundidades marinas y de las fuentes que brotan de ellas.
La Gran Madre es amada, ensalzada y cortejada, los himnos dedicados a ella recuerdan los salmos del Antiguo Testamento, a los que no son inferiores ni en belleza ni en intimidad. En la mitología griega, ella es la Magna Mater Deorum, la madre de Zeus, Poseidón y Hades; por tanto la «reina de todos los dioses» «la base sobre la que se asienta el estado divino»[12]. En sus variantes hindúes, se llama Urna, Annapurna («la de pingües alimentos») o también Kali (la «negra») o Cani (la «salvaje»). Así pues, muestra, tanto en el panteón mediterráneo como en el del Oriente Próximo o el hindú, una especie de doble rostro, teniendo, junto a su esencia creadora y protectora de la vida, otra bélica, cruel, aniquiladora: lo que también se repite en María (infra). La «madre feraz» se convierte en «madre feroz» en especial entre los asirios, por supuesto en Esparta, como diosa de la guerra, y en la India, como «la Oscura, tiempo que todo lo devora, señora de los osarios, coronada de huesos». «Las cabezas de tus hijos recién fallecidos penden de tu cuello como un collar» canta un poeta hindú. «Tu figura es hermosa como las nubes de lluvia, tus pies están completamente ensangrentados»[13]. Refleja el círculo de la vida natural, pero sobre todo las fuerzas generativas. Pues, de la misma manera que destruye, crea de nuevo; allí donde mata, devuelve la vida: Noche y Día, Nacimiento y Muerte, Surgir y Perecer, los horrores de la vida y sus alegrías proceden de las mismas fuentes, todos los seres surgen del seno de la Gran Madre y a él regresan.
El surgimiento del dios masculino
No obstante, si en el Neolítico hay un número cada vez mayor de demonios de la fertilidad que se suman a los ídolos de la fecundidad, antaño predominantes, también aparece entonces el dios masculino junto a la diosa materna, lo que es un reflejo más —y no el menos claro— de la nueva situación de la sociedad agraria: del creciente significado económico del hombre, consecuencia de la ganadería y la agricultura. Pues, como cuidador del ganado y cultivador del suelo, el hombre adquirió progresivamente los mismos derechos que la mujer, hortelana y recolectora, y, sobre todo, se le consideró cada vez más como procreador. Y justo esta estrecha colaboración en el trabajo, así como el reforzamiento del sentido agrario de la familia y la función de los padres, encuentran ahora su correspondencia en el mundo de los dioses. Surgen cada vez más divinidades masculinas: a menudo aún están subordinadas —como hijos o amantes— a las femeninas, pero más tarde las igualarán en rango y, finalmente, en las culturas patriarcales, serán dominantes. La Gran Diosa Madre es destronada y reducida a divinidad subalterna, después a diosa del mundo inferior: expresión del destierro de la religión maternal. Del mismo modo, la mujer se ve rebajada, su poder reproductor, disminuido, mientras el prestigio del hombre, del padre, aumenta. Sólo al falo se le reconoce ahora potencia y fuerza vital. Así, Apolo proclama en las Euménides de Esquilo: «La madre no da la vida al hijo, como dicen. Ella nutre el embrión. La vida la crea el padre»[14].
De todos modos, la divinidad masculina sale a la luz tardíamente en la historia de la religión y obtiene su dignidad como hijo de la diosa madre. El hijo de la diosa madre se convierte a menudo en su amante, y así surge el dualismo característico de las grandes culturas arcaicas, el pensamiento de las polaridades, el mito de la pareja divina que concibe el mundo: Padre Cielo y Madre Tierra, cuyo matrimonio sagrado constituye el punto central del culto y la fe.
Cielo y tierra son la pareja primordial, tanto en el mito griego como en el de la lejana Nueva Zelanda, donde se llaman Rangi y Papa. Si en la mayoría de los casos se considera al Cielo masculino, desde los tiempos más remotos se ve a la Tierra como un ser femenino, apareciendo una y otra vez como hembra yacente, de cuya vagina sale el género humano. Deméter (quizás, «madre tierra»), la diosa griega de la tierra dispensadora de la fecundidad, según un mito conocido ya por Hornero, se une a Yasión «en un campo arado tres veces» y da a luz a Pluto (en griego «riqueza»), las cosechas ubérrimas. Los esposos divinos o incluso los hermanos (en las relaciones incestuosas) son imaginados como una pareja humana, unidos en una especie de eterno abrazo, en una cópula permanente: «el dios del cielo fecunda sin cesar (con la lluvia, el rocío, los rayos del sol) a la diosa de la tierra»; un modo de pensar que conduce directamente al gran rito de la primavera, a los esponsales sagrados. «El límpido cielo pretende herir a la tierra» escribe Esquilo, «y el campo de labor está conmovido por el ansia de boda. La lluvia cae desde el Cielo, anhelante de amor, y preña a la Tierra. Y ella da a los mortales la hierba para el ganado y el grano para el hombre; y la hora del bosque se consuma (…)»[15].
Karlheinz Deschner
Historia sexual del Cristianismo

